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“Otro coronavirus”

Un artículo de Emilio Arteaga


La nueva epidemia de una enfermedad respiratoria producida por un coronavirus, que ha tenido su inicio en la ciudad china de Wuhan, es otro ejemplo de un fenómeno que ha sucedido siempre en la historia de la humanidad, la transmisión a la especie humana de virus de los animales, pero que viene sucediendo con frecuencia creciente en las últimas décadas.

Limitándonos solo al ámbito de los coronavirus, en estas primeras dos décadas del siglo XXI hemos tenido tres epidemias importantes de enfermedades respiratorias provocadas por virus de origen animal. Hacia 2003 se inició la del denominado síndrome respiratorio agudo y grave (SARS por sus siglas en inglés), que se inició en China, se extendió por todo el mundo y está producido por un coronavirus, denominado SARS-CoV, de los murciélagos que se transmitió a la especie humana a través de civetas salvajes, que actuaron de especie puente entre quirópteros y humanos. Se ha establecido con razonable seguridad que el origen del contagio de personas se habría situado en algunos mercados del sur de China, en los que se venden animales domésticos y salvajes, muertos y vivos, entre ellos, civetas.

El SARS es una enfermedad que, como su nombre indica, presenta un cuadro clínico respiratorio agudo y potencialmente grave, que tiene una mortalidad de alrededor del 10 % de los casos diagnosticados.

La segunda epidemia es más reciente, se inicia hacia 2012 en Arabia Saudita y se extendió sobre todo por todo el ámbito de oriente medio y, aunque ha habido casos esporádicos en casi todos los continentes, la inmensa mayoría se han limitado a la península arábiga y oriente próximo. En este caso se trata de una infección respiratoria que puede cursar con neumonía y diarreas. Tiene una mortalidad más elevada que el SARS, entre el 25 y el 30 %, pero los casos más graves se producen en personas mayores y pacientes con enfermedades crónicas e inmunodeficiencias.

El virus, denominado MERS-CoV se habría transmitido a las personas desde los camellos, pero el origen también estaría en murciélagos. Así pues, de nuevo, se trataría de un virus de los murciélagos que llegaría a las personas a través de una especie puente, en este caso los camellos.

El virus de Wuhan parece que también podría haberse iniciado en un mercado donde se vende animales salvajes, muertos y vivos y, aunque han circulado ciertas informaciones de un posible origen en peces serpientes, parece que también podría tener su origen en murciélagos. Parece que se transmite entre personas con más facilidad que el MERS-coV, pero también que su mortalidad es mucho más baja, y menor también que la del SARS-CoV, situándose entre el 3 y el 5 %.

La aparición de este virus, que ya se ha extendido por el extremo oriente, Norteamérica, Europa y otras zonas del planeta, representa solo el último episodio de transmisión de microorganismos infecciosos de animales a las personas. En un mundo en el que la expansión continuada y brutal de la especie humana está comprometiendo la totalidad de las zonas del planeta, invadiendo y degradando los hábitats de todas las especies salvajes, sometiendo a la mayoría de ellas a un estrés de supervivencia que incrementa la posibilidad de que enfermen de infecciones propias, rompiéndose el equilibrio entre ellas y sus microorganismos y favoreciendo el contacto con los animales domésticos y los humanos, lo que conduce a un incremento exponencial de las posibilidades de transmisión de agentes infecciosos entre especies, no tenemos más remedio que aceptar que este tipo de emergencias sanitarias van ser cada vez más frecuentes.

Es una nueva emergencia, diferente aunque relacionada con el cambio climático. Es una consecuencia más del desequilibrio que hemos provocado, y seguimos provocando, en la biosfera y que nos conduce irremisiblemente al desastre si no aplicamos medidas correctoras, lo que no parece que esté en nuestros planes inmediatos como especie. La historia natural y geológica del planeta está llena de ejemplos de especies que sobrepasaron los límites de explotación de su entorno natural y, como consecuencia se extinguieron. En nuestra propia historia tenemos ejemplos suficientes de civilizaciones que agotaron sus recursos y se desvanecieron en la bruma del pasado. En el magnífico libro de Jared Diamond “Colapso”, se exponen algunos casos paradigmáticos, como los de la Isla de Pascua (colapso de una sociedad entera por destrucción de su medio ambiente) o los anasazi del sudoeste de los actuales Estados Unidos (colapso por destrucción del medio ambiente y cambio climático).

Como nuestra civilización es ahora global, corremos el riesgo de que el colapso sea global. Como el propio Jared Diamond ha manifestado en alguna ocasión, en caso de derrumbe general de nuestra sociedad, solo sus amigos papúes de Nueva Guinea y algunas otras etnias que mantienen un equilibrio con su entorno y el conocimiento de vivir en armonía con él, como algunas tribus no contactadas del Amazonas, si es que no las hemos liquidado antes, sabrán seguir adelante y sobrevivir al desastre.


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