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"Cala Sant Esteve: descenso, silencio y advertencia"

Un artículo de Adolfo Alonso

Cala Sant Esteve tras la caída de una roca que mató a un vecino.
Cala Sant Esteve tras la caída de una roca que mató a un vecino.

Bajé a Cala Sant Esteve por trabajo. Abrí la verja oxidada del camino y avancé por la pendiente. La cala es una bajada física y ahora también anímica: uno desciende y el ánimo baja como el paisaje. Al llegar, la escena es la de un pueblo fantasma: casas cerradas, zanjas abiertas, máquinas inmóviles como animales dormidos. El coche apenas cabe entre muros y socavones.

La naturaleza, sin humanos, se cubre de un polvo gris que se adhiere a todo. Las paredes del acantilado se deshacen al tacto. Sobre las casas, la cornisa rocosa y el muro de pared seca parecen anunciar una amenaza suspendida, escondida entre la vegetación. Ya cayó un peñasco una vez, quizá por vibraciones, lluvias o erosión. Rompió un tejado y abrió el Armagedón particular de la cala.

Meses después, el paisaje es el mismo: tiempo detenido, suciedad, árboles empolvados y apagados, viviendas degradadas. Un quiebro del mar sin vida.

El Ayuntamiento de Es Castell afronta un problema complejo. Ha ordenado a los vecinos asegurar las rocas, pero simultáneamente ha iniciado grandes obras de urbanización. Confío en que actúan con la mejor información disponible. Pero la realidad es tozuda: la cala está peor, ha perdido el verano y es inhabitable mientras las máquinas trabajan. Y lo hacen antes de ejecutar obras para asegurar el acantilado.

Los vecinos sienten —quizá equivocadamente— que la vibración de la maquinaria está relacionada con el desprendimiento. Ojalá lo estén. Si no, y ocurre un daño, hablaríamos de imprudencia.

A esto se suma el intervencionismo estatal, que me inquieta profundamente. Como escribió Octavio Paz: «La libertad es un fuego que no admite cadenas». Y, sin embargo, cada año se añaden nuevas cadenas en nombre de un supuesto bienestar colectivo. Me dice un vecino: «Nosotros estábamos bien con nuestros pozos negros antes de que todo esto empezara».

En Cala Sant Esteve, ese intervencionismo deja un fallecido, un barrio fantasma y la ampliación de la servidumbre de costas de 20 a 100 metros. Consecuencia: depreciación inmediata, parálisis urbanística y un territorio que pasa a depender del permiso de Costas para cualquier obra en la superficie de la servidumbre.

Una casa que valía millones hoy pierde valor con cada piedra caída, cada ruido, cada día sin vida. Podría pensarse que todo se recuperará. Pero hará falta tiempo: que el polvo del tiempo cubra el polvo de las máquinas, que los pasos humanos vuelvan a trazar el sendero quemado por los jinetes del Apocalipsis.

Como escribió Carlos Fuentes sobre España: «Lo que nos une no es la sangre, sino la memoria compartida». En Menorca, esa memoria incluye errores urbanísticos que hoy reaparecen como advertencia.

Cala Sant Esteve y Cala Figueras se han convertido, involuntariamente, en un espejo. Lo importante ahora es aprender y actuar para que la isla sea un territorio sólido, claro y digno de quienes la habitan

R

Redacción

Periodista de Menorca al Dia