Este es el título del artículo de esta semana. Hay veces que, aunque escriba, no tengo palabras. Ustedes lo están leyendo, me están siguiendo en mi relato, pero mi sensación es de incapacidad literaria. En este estado, no encuentro título para lo que quiero expresar y compartir.
Ayer por la noche recibí un mensaje de un amigo que, en un estado emocional entre triste, desolado e incrédulo —no tengo la palabra exacta—, me comunica el asesinato de un chaval de 18 años a manos de otro de 13, y me reenvía la noticia del diario El Norte de Castilla. Para ello, el presunto autor —y digo presunto porque con 13 años no existe responsabilidad penal ni ley del menor aplicable— usó presuntamente un cuchillo de cocina. Estaba en compañía de otros dos niños, chicos, chavales. Tampoco encuentro palabra para calificar a este ser, presuntamente humano, a día de hoy. Por razones que me voy a reservar, el tema le toca a mi amigo directamente en su casa, y me manda su mensaje.
Voy a tomar sus palabras porque, a diferencia de mí y a pesar de ser destinatario del dolor en su familia, él parece que sí las encuentra: «Es irreal, es onírico todo… Decía San Luis Gonzaga, S.J. (jesuita), que no se inmutaría ante la muerte y seguiría haciendo lo que tenía pensado en su cotidianidad. Así haré, pero nunca me abandonará la gran pregunta: ¿por qué?». «Era un niño muy bueno. Estudiaba la maestría en ebanistería, "la clase de los aprendices que tallaban la madera del monte Líbano"». Intento transmitirle consuelo y la imposibilidad que tenemos los seres humanos de entender a Dios. Existe esa imposibilidad de entenderlo en esta vida, pero no la de preguntar cuando estemos en su presencia. Ayer mismo, antes de recibir su mensaje, yo reivindicaba el derecho de toda persona a pedir los «porqués» a cualquier miembro de la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. La vida, evidentemente, es un regalo, incluso en los peores momentos por los que todos pasamos, aunque esto también sea difícil de entender. Mi amigo y yo tenemos educación jesuita, ambos somos antiguos alumnos de diferentes colegios. Por eso me comenta: «La paz está en los ejercicios ignacianos y en la conciencia de uno mismo». «Este niño estuvo decorando con globos y dulces mi casa. Esteban no era ningún pandillero, como muchos medios están dejando caer, sino alguien en el momento y lugar equivocados…». No trascribo íntegramente todo su texto por cuestiones de intimidad.
Esta mañana me despierto con unas capturas de pantalla. Mi amigo es socio de un equipo de fútbol, el Real Valladolid. Han publicado un mensaje en la red social X: «Consternados por el asesinato de un joven en Valladolid. Nuestra más firme repulsa a la violencia y nuestro más sincero pésame para familiares y amigos. D.E.P.». Al hilo de las respuestas al mensaje, aparecen los siguientes comentarios: «SUDACAS», «DEPORTACIÓN», «SOCIALISMO MATA, PSOE ASESINOS». Dice Rufián que no quiere ver a Abascal de ministro del Interior en un gobierno PP-VOX y está montando una operación de izquierdas para tratar de evitarlo; pero, viendo estos mensajes, uno duda mucho de muchas cosas. Mi amigo ha decidido quitar el móvil en su casa a las personas no adultas.
Dudo de las redes sociales: se han convertido en un estercolero donde los inframundos se mueven en el anonimato mandando mensajes masivos con contenidos absolutamente subversivos respecto a los valores en los que nos hemos educado y que algunos aún defendemos públicamente. Recibimos en nuestros teléfonos datos y mensajes no solicitados, con contenidos que ni lees. Dudo de la inteligencia artificial, el instrumento más peligroso que se ha inventado para el ser humano. Dudo de internet, con toda la información de todo tipo a la que permite acceder de manera indiscriminada. Dudo de esta globalidad virtual en la que es posible inventarse una personalidad falsa y en la que el peligro es real. Dudo de los medios de comunicación que fabrican noticias, convirtiendo en noticia algo que no lo es para llenar páginas o ritmos editoriales, o que reciben subvenciones millonarias.
Pero, sobre todo, dudo de un país en el que la inmigración se convierte en un elemento de exclusión; que diferencia entre inmigración ilegal y legal; que omite a las buenas personas bajo la etiqueta de «emigrante», «sudaca» o «latinos» para convertirlas en delincuentes. Dudo de una sociedad capaz de ser permeable a este mensaje obviamente falso y totalmente inhumano, bajo la expresión de «yo no soy racista, pero…».
Dudo de un país que es capaz de hacer ósmosis de odio entre partidos políticos, y en el que solo algunos ciudadanos —cada vez menos— mantienen la cordura de diferenciar las cosas, a pesar de ser las víctimas. Dudo de un partido político que miente y parece una jauría de perros y perras de presa a la caza de la mentira y la calumnia, a los que no les importa agitar métodos de propaganda nazis.
Mi amigo hoy lo está pasando mal, y no hay inocentes en su dolor.
Si sirviera para algo que el país se colapsara, que España dejara de ser lo que hoy es para evitar toda la porquería y la mentira en la que vivimos, firmaría un manifiesto pidiéndolo. Es muy sencillo: fuera monarquía, fuera la España salida de la Guerra de Sucesión, fuera la España de los Reyes Católicos, fuera los mitos fundacionales absurdos que inventaron una historia inexistente como meras fábricas de profesionales del poder, fuera la democracia presidencialista… fuera un montón de cosas y a volver a empezar. Pero no sirve, porque el problema no es ese. El problema es que asesinen a un chaval y se le quite la dignidad de ser humano por ser «sudaca» o emigrante. Es el mensaje de odio que los políticos transmiten a la sociedad. Con otro país, se llame como se llame, estaríamos exactamente igual o llegaríamos a ello, porque el problema no es de configuración política, es de valores. Y, siendo así, puedes tener la constitución más maravillosa del mundo, la más demócrata, la más kilométrica en número de artículos, pero si no tienes los valores morales adecuados o el autocontrol del ejercicio del poder —hombres y mujeres justos e íntegros, en definitiva—, puedes paralizar una fábrica impopular porque le falte no sé cuál requisito energético, pero no arreglarás el alma de la sociedad.
No hay título para todo esto, tampoco palabras. Quizás un nombre propio lo defina: Esteban.
