Cala Morell, el elefante blanco

En varias culturas, se denomina “elefante blanco” a posesiones que cuestan más de lo que valen, o a aquellas que proporcionan beneficio a otros, pero que solo acarrean quebraderos de cabeza a sus dueños. En el lejano oriente, en Siam, un elefante albino era sinónimo de poder, y el rey era el único que podía costearse tal posesión, haciendo ofrenda de uno cuando quería arruinar a alguien.
Cala Morell tiene la rara virtud de, por un lado, tener unas vistas apabullantes, que contrastan con la estrechez de sus arenas. Lo compensa con diversas plataformas de cemento desde las que se puede pasar un día de sol, pero sin duda se esperaría mucho más de una playa tan urbanizada tan cerca de Ciutadella. ¿Compensa? Pues sí. No solo por la cercanía de opciones más agrestes para pasar un día de mar, sino por la proximidad del yacimiento pretalayótico más importante del norte de la isla y, según los arqueólogos más eruditos, tal vez de toda la isla.
La playa está resguardada de los vientos del norte y es puerto seguro para embarcaciones en apuros cuando bufa Tramuntana. Las vistas, insistimos, son de lo mejor que ofrece esta cala, pues además de su orientación, está en la frontera geológica de los diferentes estratos que han compuesto la isla a lo largo de los milenios, y este libro de piedra se puede leer en el acantilado que está frente a la arena. Por cierto que, caprichos de la erosión, uno de sus cabos está adornado por una hermosa escultura natural que a todas luces se interpreta como la inconfundible silueta de… un elefante blanco.

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