Binimel-la, una cala que va de sorpresa en sorpresa

Ya su nombre arábigo, exótico y de compleja pronunciación, insinúa que este no es un lugar como los demás. El acceso es confortable, pues tiene un parking de buen tamaño a escasos 400 metros de la playa. Hay que ir con cuidado cuando se viene en coche, pues el firme es complejo y hay zonas en las que, de ancho, apenas cabe un coche y medio.

Sorprende porque, a pesar de ser una de las calas vírgenes del norte, tiene, al final de párking, un restaurante muy bien dotado de platos sencillos, variados a precios muy populares. Sorprende porque, pasado el restaurante, hay que cruzar por la desembocadura de un riachuelo muy poblado de patos acostumbrados a ser alimentados por los paseantes, delicia para los críos. Sorprende por el color y por el tamaño de los granos de sus arenas, rojo marciano, muy diferente de las blancas arenas del sur. Sorprende por la intensidad y el colorido de sus fondos y la confiabilidad de sus peces. Sorprende por lo poco frecuentada que está durante todo el año, siendo sin embargo un punto de especial interés a nivel europeo. Sorprende, en fin, porque, a pesar de ser más que suficiente para justificar el viaje y el día de playa, apenas es la puerta de entrada al inusitado descubrimiento de la vecina Pregonda, que aguarda un poco más allá, y cuya visita es inexcusable una vez se ha llegado hasta aquí.

No sorprende que la mayoría del público que viene por aquí sea local: hay placeres que nos reservamos, no de forma egoísta, sino de forma perfectamente altruista, porque esto se merece.

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