Podría haber sido el 31 de diciembre de 2025 si el tiempo hubiera permitido la operación, pero fue el 3 de enero de 2026. Una nueva era coincidiendo con la salida y la entrada de un nuevo año. Muy mnemotécnico para recordar en los libros de historia.
El 3, número lleno de simbolismo pitagórico, lo mismo que el 31 (3-1), se convierte en el número simbólico de cambio de ciclo histórico mundial. Es algo que parece haber sido asumido por el mundo en tres días. Ciertamente, este cambio de paradigmas venía produciéndose desde hace un tiempo: violación del derecho internacional, subversión de los principios clásicos europeos, legitimación de la violencia en los “buenos” y condena de esa misma violencia en los “malos”. La eterna tesis europea de que “el fin justifica los medios”, pero resaltando nuevamente el “mi” o el “mío”. Mi fin justifica mis medios, y estos son para lo mío y no para el conjunto.
Aparentemente, desde el 3 de enero tenemos, de forma insoslayable, la constatación de que las democracias no son infalibles. El quid es la forma en que una persona utiliza ese sistema de organización social, basado en tres poderes. Lo que vemos es que, sin los valores morales personales —como los hemos entendido en Europa durante cientos de años—, tampoco hay democracia como la hemos entendido durante esos mismos siglos. Pensábamos que la democracia europea era eterna y que los amigos lo tenían claro, pero desde el 3 de enero tenemos otra claridad: la evidencia en contrario, que no admite mirar hacia otro lado. Puede venir alguien que haga saltar todo el sistema por los aires, que no le importe y que, además, cuente con muchos que le aplauden, y los tenemos en casa.
El 3 de enero puede ser como la entrada de los alemanes en Polonia o como el asesinato de Sarajevo. Todo proceso tiene un hecho de exteriorización.
Lo que ha ocurrido es nuestra responsabilidad como europeos; es nuestro error. Tampoco es la primera vez en la historia de Europa y del mundo que vivimos una situación semejante o parecida. Lo que ha ocurrido, repito, es que súbitamente se nos ha expuesto, en un 3 de enero, que cosas que hemos dado por imposibles o encerradas en el pasado son perfectamente posibles, incluso en nuestro continente. Además, los conceptos en que se sustentan van aumentando en número de votantes.
Lo sabíamos; pensábamos que éramos demasiado fuertes y numerosos en nuestras convicciones, pero ahora ya lo hemos visto: no lo somos, no ya como humanidad, sino como europeos.
Nosotros somos más de cultura y de arte; otros son más de uniformes militares y presupuestos de defensa. No podemos llegar a esos presupuestos sin cambiar nuestros valores y nuestro sistema de vida.
Salvo que las próximas elecciones en USA eviten un tercer mandato —otra vez el 3—, este es el ciclo que nos espera. ¿Qué pasará después con un nuevo presidente de USA distinto a Trump? Eso ya entra en la ciencia ficción. Dar marcha atrás a todo lo que se ha hecho público el 3 de enero de 2026 no sería posible por muchos factores: porque haría falta una personalidad inversa a la de Trump y porque las grandes potencias no lo permitirían.
Aún hay que ver qué pieza se mueve a día de hoy, pero no nos gustará. Como a Rusia no le gusta que USA capture sus petroleros en aguas internacionales o donde pueda. ¿A dónde nos lleva esta nueva era? Tampoco es posible saberlo. Creo que ni USA lo sabe, ni durante, ni después, ni antes de los días que estamos viviendo.
¿Qué pasaría con todo esto si Trump no ganase las próximas elecciones a la presidencia de USA? ¿Qué se ha roto y en qué situación mundial e incluso interna estaríamos en Europa? USA sigue siendo una democracia formalmente. Como eufemismo, podemos decir que ha aumentado el presidencialismo. El presidente está muy ajustado internamente porque senadores y congresistas siguen votando de forma personal y sin disciplina de voto. El choque interno en el país es evidente si las noticias reflejan la realidad.
Puede perder en otras elecciones y, entonces, ¿todo este cambio es reparable? No para Occidente. Me temo que estamos en guerra, en una nueva guerra fría entre Rusia, China y Estados Unidos de Norteamérica. Por ahí andan Turquía, Irán o los países árabes, merodeando como parte encubierta de guerras locales intermitentes. En este panorama, Latinoamérica queda como yacimiento explotable, sin disimulos, y la Unión Europea, tal y como está, se queda en la insoportable levedad, entre el ser y el no ser.
Podríamos reflexionar sobre el resto de continentes, pero yo soy de este y bastante tengo hoy. Los gringos ya no son nuestros amigos; estamos en su lista de adversarios y me temo que ellos en nuestra lista de amenazas. Hay una diferencia: ellos son capaces hoy de todo y nosotros de nada. Y, además, son incapaces de entender que no alabemos la precisión de su acción militar en Venezuela ni la de sus Delta Force. El estropicio puede no ser reparable mañana y, si las cosas van como creo, nos esperan muchos cambios y sorpresas.
Desde el 3 de enero ha llegado el momento evidente de plantearse claramente qué es lo que se espera o se quiere de la Unión Europea: ¿un invento para funcionarios?, ¿una República Federal Europea?, ¿unos USE (United States of Europe)? O simplemente cerrar el chiringuito y que cada uno busque su supervivencia, o que quien quiera irse se vaya y se cambien las bases de pertenencia a esta comunidad histórica.
En la nueva era del número 3 las cosas van muy en serio y van de cambio histórico. En mi opinión, deberíamos posicionarnos y protegernos para no perder en el cambio. En sus orígenes fuimos una entidad internacional de índole estrictamente económica: el Mercado Común, la Comunidad Económica Europea, a la que se fueron incorporando nuevos Estados. Con el paso de los años hemos derivado hacia lo político, pero como de juguete. Se unifica el mercado, se hacen directivas, reglamentos y espacios europeos, pero se mantiene la soberanía de cada Estado miembro, y esto es una tortura de equilibrios y de convivencia, demasiado complicada de manejar.
Pudo servir, pero creo que ya no sirve. Este es el tema: la decisión política sobre la Unión Europea y su marco de condiciones de pertenencia. Estos días he estado revisando un libro sobre la historia de Portugal. El tema de la soberanía entre los dos países ha sido cambiante y natural. La soberanía es un dogma, pero un dogma muy grande, no uno chiquitito de independencias locales en cada país.
¿Y si la cuestión fuese lo contrario? Es decir, la pérdida del sentido de nacionalismo tal y como lo entendemos hoy y la incorporación igualitaria a un nuevo Estado supranacional unido, con cesión al colectivo de cada soberanía interna. Un único presidente, un único parlamento más pequeño, un único país: Europa, con un único ejército, una única política exterior, unos impuestos iguales para todos, un único presupuesto y un único gobierno. España, Portugal, Francia, etc., existirían, pero como conjunto cultural e histórico y no como Estados soberanos.
Entramos en un nuevo mundo, la “era del 3”, el número pitagórico de la primera figura geométrica regular, aquella en la que Europa, nuestra cultura, debería ser capaz de seguir.
Si no lo hacemos así, tendremos que pagar la cena con la tarjeta del paro.
Las utopías son fatigosas; la lucha por la utopía es agotadora, sobre todo cuando se ve la caída de un sistema. Hay tres descritas desde el punto de vista filosófico: Platón, Tomás Moro y Giuliano di Bernardo. Amigos lectores, no podemos dejar caer todo aquello en lo que muchos nos hemos educado y creemos, y que no tiene nada que ver con la noche del 3. Merece la pena conservarlo, sea cual sea nuestra perspectiva política.
Podríamos plantearnos en Europa una cuarta utopía y ver hasta dónde llegamos. Porque si no, desde el 3 de enero de 2026 lo tenemos mal, pero que muy mal. Y, después de todo, ya lo dijo Fichte: si las cosas no estuvieran bien, el gran destino del hombre es cambiarlas. Alégrate, pues, porque en la tarea de cambiarlas está la tarea de nuestra existencia.
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