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“Lo que viene a ser la oratoria”

Un artículo de Jaume Santacana

Congreso de los Diputados.
Congreso de los Diputados.

Leo en un estudio sobre sociología política de la Universidad de Kuala Lumpur (un centro de estudios ciertamente liberal) basado sobre las técnicas para fabricar un discurso de éxito y que lleva por título “Un discurso para triunfar”. En él, se desglosa una especie de decálogo para mejorar la oratoria (¿oratoria?) de los políticos. Paso a resumirles los diez puntos que ofrece la tesis de marras, mezclados con mis comentarios personales.

Primero: es muy importante contar con un buen logógrafo, un especialista en escribir discursos. Debe ser alguien profesional que conozca al dedillo la idiosincrasia del que va a soltar el discurso. En Estados Unidos o el Reino Unido esta figura es indiscutible. En España, a muchos políticos les da vergüenza, además de no disponer de tiempo para redactar ni ideas que exponer correctamente. En muchas ocasiones, el tiempo se les va en chuches.

Segundo: se trata de manufacturar una pieza artesanal, lo que equivale a contemplar, por ejemplo, el contexto en el cual será pronunciado, contando tanto con el factor tiempo (cronológico y climático) como con la localización concreta. Es básico escribir con una antelación de setenta y dos horas y sabiendo el lugar y las personas que lo van a escuchar.

Tercero: cuanto menos dure un discurso, mejor que mejor. Veinte minutos sería un tiempo razonable para la mayoría de los discursos. Más allá de esta cifra, la audiencia empieza, desdichadamente, el proceso que conduce al aburrimiento total y, en ocasiones, a la caída, directa, en manos de Morfeo.

Cuarto: el político debe venir “discurseado” desde su casa; no leerlo justo antes de pronunciarlo. Es necesario leérselo en su sillón casero (el de orejeras) y ensayar su escenificación; no es necesario practicar ante un espejo narcicista.

Quinto: hay que saber por qué motivo uno se dirige a la gente. El discurso debe contener un mensaje claro y diáfano; si puede ser, sólo uno.

Sexto: las metáforas son el recurso estrella de los discursos. Se trata de conseguir que el personal relacione lo citado por el orador con sus experiencias personales; los griegos ya utilizaban este método.

Séptimo: estructura simple: arrancar con un elemento que llame la atención, continuar en una línea de sencillez y acabar con algo vistoso y fácilmente recordable.

Octavo: tener en cuenta que lo que no se dice es, a veces, más importante que el propio texto escrito; el lenguaje no verbal comunica de manera fehaciente: las manos, el giro del cuerpo y de la cabeza, las miradas, las sonrisas…

Noveno: pensar que hay cámaras de televisión que captan a la perfección todos los detalles del discurso y, por lo tanto, esto se convierte en un activo para desactivar el desinterés general hacia la política y sus servidores.

Décimo: se puede aprender; es decir, la oratoria —como todas las disciplinas— requiere unos valores tan manifiestos como el esfuerzo y la dedicación.

Visto lo visto, ya me dirán ustedes. Si aplicásemos estas simples normas a nuestros políticos, el fracaso universal sería estruendoso, estrepitoso, escandaloso. Generalizando, los diputados y diputadas españoles y autonómicos leen mal (sin énfasis alguno) y sin mirar al público; se mueven de cintura para abajo; se agarran al atril, un clásico de la inseguridad; vocalizan poco; siguen líneas dispersas andando de un tema a otro sin solución de continuidad y dejando el mensaje escondido entre las muchas sandeces; se alargan innecesariamente (casi todos superan el límite de tiempo marcado y siguen después de que se les haya amenazado con quitarles la palabra). Seguir la lista sería facilisimo, pero ahí lo dejo.

Si además de todo lo señalado tenemos en cuenta que traen al estrado —o al escaño de turno— las réplicas ya previamente escritas, sin ni siquiera escuchar las palabras de los “contendientes” parlamentarios que podrían o deberían obligarle a cambiar sus argumentos. Y, además, mantienen en pie su arrogancia a base de insultos, frases hechas o, simplemente, ejemplos jocoso-festivo-chistosos dedicados a sus oponentes; en este caso, ya podemos levar anclas y esperar el naufragio colectivo.

Y para acabar —y sin que tenga que ver con el discurseo que nos ocupa— lo más vergonzoso y repugnante: los deditos levantados de los portavoces de turno exigiendo a sus correligionarios el sentido de las distintas votaciones; no fuera caso que decidieran votar por su cuenta ¡Ole! ¡Viva la libertad de expresión y la partitocracia más cutre!

¡Como se echa de menos a Canovas del Castillo (que fue quien tuvo la brillante ocurrencia de proclamar que el primer artículo de la Constitución española debería rezar así: “es espàñol todo aquel que no puede ser otra cosa…”) , Práxedes Mateo Sagasta o, para citar al mejor orador español, a don Emilio Castelar.

Se ha ido a menos; es evidente.


Comment

  1. … yo quiero a los políticos no tanto para entretenerme con sus discursos, como para arreglar las cosas… reformar la Constitución, derogar el concordato, desmantelar las bases, quitar las ayudas a la tauromaquia, perseguir la corrupción, exigir los dineros a la gran banca, etc… lo de prepararse debidamente para declamar entre ellos y ante las cámaras, es un plus, y en ello se agradece de vez en cuando una puya, una salida de tono, una reacción inesperada, un zasca en toda la boca, una pose perdonavidas, un chiste cómplice… la prensa y el resto de los medios ya hace demasiado tiempo que han terminado por convencer a los políticos que su trabajo era la declamación narcisista y el combate dialéctico… dejando que quien trabaje de verdad sean los asesores tecnócratas… es en ellos en los que habría que poner el foco, y exigirles más valentía a la hora de cambiar las cosas… dejad a los gallitos pagados de sí mismos en paz, habéis creado monstruos…

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