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Sa Cova d’en Xoroi: la leyenda que aún susurra entre los acantilados de Menorca

Es fácil entender por qué los antiguos atribuían alma a determinados lugares.
Es fácil entender por qué los antiguos atribuían alma a determinados lugares.

Adriana Moll


Hay lugares que se visitan con los ojos y otros que solo pueden comprenderse cuando cae la noche. Sa Cova d’en Xoroi, suspendida sobre un acantilado de más de treinta metros en la costa de Alaior, pertenece a esa segunda categoría. Miles de personas llegan cada año para contemplar una de las puestas de sol más bellas del Mediterráneo, pero pocos saben que, mucho antes de convertirse en un mirador privilegiado, aquella cueva ya estaba habitada por una historia que aún hoy se resiste a desaparecer.

Los menorquines dicen que el viento guarda memoria. Y cuando sopla la tramontana con fuerza, algunos aseguran que entre el rumor de las olas todavía puede escucharse el eco de un hombre que eligió esconderse del mundo antes que renunciar al amor.

La leyenda comienza hace siglos, en una Menorca de caminos de tierra, masías aisladas y noches iluminadas únicamente por la luna. Cuentan que un barco fue sorprendido por una terrible tormenta frente a la costa sur de la isla. Entre los restos de la embarcación logró sobrevivir un joven marinero. Nadie conocía su nombre. Solo sabían que era extranjero y que había llegado del mar. Los habitantes de la isla terminaron llamándolo Xoroi.

Herido y perseguido por el miedo, encontró refugio en una cueva escondida entre los acantilados. Allí vivió durante años sin ser descubierto. Aprendió a alimentarse de lo que la naturaleza le ofrecía, a recoger agua de lluvia y a desaparecer entre las sombras de la roca cuando algún pastor se acercaba a la costa.

Pero ninguna cueva, por profunda que sea, puede aislar por completo el corazón de un hombre.

En una de sus salidas conoció a una joven del pueblo. La leyenda nunca se pone de acuerdo sobre su nombre. Tal vez porque representa a todas las mujeres que alguna vez desafiaron las normas por amor. Entre ambos nació un vínculo secreto que solo conocían las estrellas y el mar.

Cada noche, cuando el silencio cubría los barrancos de Alaior, la muchacha abandonaba discretamente su casa y descendía hasta la cueva. Allí compartían una vida escondida del resto del mundo. Con el tiempo tuvieron hijos, formando una familia invisible para todos.

Durante años nadie sospechó nada.

Hasta que una gran nevada cubrió Menorca. Un fenómeno tan excepcional que todavía hoy sigue ocupando un lugar especial en la memoria de la isla. Sobre el manto blanco aparecieron unas huellas desconocidas que subían y bajaban por el acantilado. Los vecinos decidieron seguir aquel rastro.

Las pisadas terminaban en la cueva.

Al verse descubierto, Xoroi comprendió que ya no existía escapatoria. Algunas versiones cuentan que prefirió arrojarse al mar desde el acantilado antes que entregarse. Otras sostienen que desapareció entre las olas y nunca volvió a ser visto. También hay quien asegura que la cueva quedó vacía de un día para otro, como si el propio mar hubiera reclamado al hombre que un día llegó desde sus aguas.

Quizá por eso la historia nunca termina del todo.

Porque las leyendas no necesitan pruebas para sobrevivir. Solo necesitan un lugar donde seguir siendo contadas.

Y pocos escenarios resultan tan apropiados como esa inmensa cavidad abierta sobre el Mediterráneo. Cuando el sol se esconde y el horizonte se tiñe de rojo, la roca adquiere un color casi sobrenatural. Las sombras se alargan sobre las paredes de la cueva mientras el mar golpea una y otra vez la base del acantilado con una cadencia hipnótica.

Es fácil entender por qué los antiguos atribuían alma a determinados lugares. Hay espacios que parecen conservar una energía propia, una memoria que trasciende las generaciones. Sa Cova d’en Xoroi es uno de ellos.

Hoy la música sustituye al silencio muchas noches de verano y cientos de visitantes contemplan allí el atardecer. Sin embargo, basta permanecer unos minutos cuando todos se marchan para que el paisaje recupere su verdadera voz.

Entonces solo quedan el viento, la piedra y el mar.

Y uno comprende que quizá las leyendas nunca fueron inventadas para explicar el pasado. Tal vez nacieron para recordarnos que existen lugares donde la realidad y el misterio conviven sin necesidad de darse explicaciones.

Porque en Menorca hay muchas cuevas. Pero solo una sigue llevando el nombre de un hombre que, según cuentan, encontró entre aquellos acantilados el refugio perfecto para esconderse del mundo… y el peor lugar posible para escapar de su propio destino.

R

Redacción

Periodista de Menorca al Dia