Skip to content

“Pasta y turismo”

Un artículo de Jaume Santacana

"Pasta, pues, aquí en el título del artículo, significa aquello que, mayoritariamente, tragan los italianos en sus ágapes rutinarios familiares".
"Pasta, pues, aquí en el título del artículo, significa aquello que, mayoritariamente, tragan los italianos en sus ágapes rutinarios familiares".

Antes que nada, permítanme aclarar que, en este caso, la palabra “pasta” no se refiere a dinero, sino a los hidratos de carbono consumidos bajo formas más o menos estilizadas e imaginarias. Pasta, pues, aquí en el título del artículo, significa aquello que, mayoritariamente, tragan los italianos en sus ágapes rutinarios familiares.

No deja de ser curiosa la relación que se establece entre los spaghetti i la masificación del llamado turismo. En los restaurantes italianos instalados en España, en general, la pasta se suele servir en las mesas en unas condiciones indecentes; unas condiciones que nunca jamás serían mínimamente aceptadas —y con razón— por un ciudadano italiano que se precie. Y eso que la inmensa mayoría de propietarios de dichos establecimientos suelen ser, precisamente, italianos. La presencia de tal alimento en el comedor se presenta en la mesa de un local de estas características, en un plato que contiene unos ingredientes que suelen ser vomitivos por la jodida (disculpen) reebullición a que son sometidos. De sobras es conocido que uno de los factores que enriquecen un manjar de pasta es su exactitud, su precisión, en el punto de su cocer. En el noventa por ciento (por no hablar del noventa-y-siete por ciento) de los restaurantes italianos en este país polarizado políticamente, los spaghetti, los tagliatelli, los ravioli, la lassagna i el paglie e fieno, son hervidos con un retraso digno de RENFE, con una sobredimensión cronológica digna del Diluvio Universal: un desastre, vamos. Recocidos de narices, que diría un castizo. Preguntados los cocineros o dueños de dichos locales infumables por los motivos que les inducen a sobrepasar la cocción del material gastronómico, siempre le responderán con la misma letanía: “al público, a nuestros clientes, no les apetece la pasta cocinada al dente; dicen y se quejan de que está cruda y piden que se la pasen más rato por el fuego. Ellos, los clientes, exigen que la pasta esté mucho más cocida. Tienen su derecho como clientes que, como usted sabe, siempre tienen la razón. Pasa como con los vinos: la gente de dudoso gusto tiende a admirar los vinos y cavas dulces… o la sangría… ¡Es lo que hay, señor!”

Y hablando de la gente carente del incierto —para algunos— savoir faire— es inevitable relacionarlo con el turismo actual que engloba el papanatismo mundial y que retrocede en interés a lo que antes era el curioso y entendido “viajero”. Lamento la comparación, pero el turismo (o sea, la hoy masa turística inculta y superficial; la que busca sólo el sol, la playa, el par de monumentos “imprescindibles” para hacerse la puta (con perdón) selfie; el de la ingesta masiva de alcohol de garrafón y sus consecuentes micciones callejeras; el del bocadillo de falsa mortadela; el turismo insostenible y patético; el de los pantalones pirata y las asquerosas chancletas; el de gritos, cánticos y carcajadas de alta madrugada; esos imbéciles que se tiran de los balcones; las masas invasoras (aunque sea de ganancia fácil e inmediata para el colonizado que no tiene otra industria que ponerse a la boca; porque no quiere o porque no puede); el guiri que no reconoce otra cultura que no sea la suya y sólo sabe mirar Google), esta clase de turismo de baja estopa pero masivo— digo, y lamento el largo paréntesis que casi no deja respirar—influye, cada día más, en la degradación lenta y constante de la historia propia así como del buen gusto. Exigen que se les dé aquello que desean, que no siempre coincide con las ancestrales costumbres de los nativos. Y se produce lo mismo que con los restaurantes italianos: se tiene que servir algo artificial que satisfaga sus gustos (criminales, normalmente), dejando de lado las tradiciones, tramadas durante miles de años por nuestras abuelas o por nuestros sabios ancestros en el arte del saber hacer. Por eso, el turista mediocre (la mayoría, no nos engañemos) pide que la porcella la vuelvan a colgar del ast. O que los arroces contengan los granos básicos de este alimento, en un estado de pegajosidad propensos a la putrefacción alimentaria… los de la sangría, vamos.

Y así nos va: tirando momentáneamente pero abocados al hundimiento del planeta y al llanto y crujir de dientes.

¡Maldición!


Deja un comentario

Your email address will not be published.