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"Puente y García: el Gobierno de los zascas"

Un artículo de Miguel Lázaro

Óscar Puente.
Óscar Puente.

Hay dos ministros del Gobierno de Pedro Sánchez que, pese a dirigir departamentos radicalmente diferentes, parecen compartir algo más importante que el Consejo de ministros: una misma manera de entender la política. Óscar Puente y Mónica García han convertido la comunicación política en una parte sustancial de su actividad. Son ministros extraordinariamente presentes en el debate público, rápidos en la respuesta, eficaces en el contraataque y especialmente proclives al zasca, al tuit y a la construcción permanente de un relato. Él problema comienza cuando el relato empieza a ocupar el espacio que debería corresponder a la gestión. Porque un ministro no es un tertuliano con despacho oficial. Un ministro está para gestionar. Y esa diferencia parece haberse olvidado demasiadas veces.

Su estilo político es clónico: hiperexposición, confrontación, respuesta inmediata, polarización y una tendencia bastante constante a situar la responsabilidad de los problemas fuera del propio ámbito de decisión. Cuando gestionar consiste en explicar por qué no es culpa tuya. Este es quizá el elemento común más interesante. Cuando aparece un problema, la primera reacción no parece ser siempre: ¿qué hemos hecho mal y qué debemos corregir? Con demasiada frecuencia la pregunta parece transformarse en otra:

¿A quién podemos atribuirlo?

Puente dispone de un repertorio considerable: la herencia del Partido Popular, Adif, Renfe, la CNMC, las empresas privadas, las compañías aéreas, las decisiones de gobiernos anteriores...En el debate sobre los accidentes ferroviarios de Adamuz, por ejemplo, Puente llegó a atribuir a gobiernos anteriores una brecha de inversión ferroviaria de 30.000 millones de euros, mientras desde la oposición se cuestionaba la responsabilidad del Ministerio. No significa que las responsabilidades históricas no existan. Naturalmente que existen.

Pero gobernar tiene una peculiaridad: llega un momento en que la herencia deja de ser explicación y empieza a convertirse en excusa. Si llevas años gobernando, la pregunta deja de ser qué recibiste.La pregunta es qué has hecho tú con lo que recibiste. Y en Transportes los problemas no son precisamente anecdóticos. Persisten las dificultades en Cercanías, la situación de la línea C3 valenciana sigue generando reclamaciones y en Málaga se cuestiona que no haya refuerzos del Cercanías hasta 2028.

La política puede explicar cada problema. Pero la ciudadanía necesita que alguien los resuelva.Y en Sanidad ocurre algo parecido. Mónica García tiene ante sí un escenario todavía más delicado. Porque Sanidad no admite fácilmente la sustitución de la gestión por el relato. Hay pacientes (más de 3 millones afectados por una huelga nacional histórica), hay médicos, (180.000 que exigen un estatuto propio que los homologue con Europa), hay listas de espera (disparadas tras una huelga de más de 35 días que ha mostrado la incompetencia de la ministra. Y hay conflictos laborales que no desaparecen porque se publique un buen tuit.

El conflicto con los médicos por el Estatuto Marco constituye un ejemplo paradigmático. La huelga médica se ha prolongado durante meses y el desacuerdo afecta a cuestiones centrales para los facultativos: jornada, guardias, retribuciones, clasificación profesional y la reclamación de un marco específico. Sin embargo, buena parte de la batalla política ha terminado desplazándose desde el contenido del conflicto hacia la interpretación del conflicto. Quién provoca la huelga. Quién rompe la negociación. Quién está alineado con quién. Quién manipula. Quién tiene intereses políticos. Quién representa realmente a los médicos.

Y aquí vuelve a aparecer el mismo mecanismo. La discusión sobre la gestión se convierte en una discusión sobre el relato de la gestión.

Ceuta: el ejemplo perfecto. La crisis sanitaria de Ceuta ofrece otro ejemplo especialmente ilustrativo. Tras la llegada masiva de migrantes, Mónica García defendió que no existía un colapso sanitario, sino una situación “tensionada”, y destacó los refuerzos de profesionales y la atención prestada. Puede discutirse legítimamente si la palabra correcta es colapso, saturación, sobrecarga o tensión asistencial.

Pero hay una cuestión mucho más importante: ¿Qué necesitaba la ciudadanía de la ministra? Necesitaba saber si el sistema tenía recursos suficientes. Cuántos profesionales faltaban. Qué medidas se habían adoptado. Qué previsión se había hecho. Qué iba a ocurrir si la presión continuaba. Cómo se iba a proteger la asistencia ordinaria. Cómo se iba a reforzar INGESA. La infoxicación como estrategia

Aquí aparece un concepto que me parece especialmente útil: infoxicación política. No significa necesariamente mentir. Significa producir tantos mensajes, tantas respuestas, tantas polémicas y tantas explicaciones que el ciudadano termina atrapado en una nube de información. Cada día hay un nuevo enemigo. Un nuevo tuit. Una nueva réplica. Un nuevo titular. Un nuevo zasca. Una nueva explicación. Y, mientras tanto, la realidad sigue exactamente en el mismo sitio. Es una estrategia comunicativa muy eficaz porque permite mantener permanentemente ocupado el espacio público. Pero tiene un inconveniente: cuando todo es comunicación, nada parece asumir realmente la responsabilidad.

Sin embargo, Puente y García representan, cada uno a su manera, una política mucho más emocional. Una política que parece entender que si consigues imponer el relato, has ganado parte del problema. Pero la realidad no vota en Twitter. El tren no llega antes porque el ministro gane una discusión con Ryanair. El paciente no es atendido antes porque la ministra publique un buen hilo. El médico no deja de estar enfadado porque el Ministerio explique que el Estatuto Marco es progresista.

Porque gobernar es, entre otras cosas, tener el valor de decir: Esto es responsabilidad mía. Y voy a solucionarlo.

R

Redacción

Periodista de Menorca al Dia