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Cómo poner límites saludables al trabajo y a la vida personal

Es necesario cuidarnos y esto implica saber decir no, a veces

Hay que saber establecer límites. (Foto: GETTY IMAGES-AMIC)
Hay que saber establecer límites. (Foto: GETTY IMAGES-AMIC)

Eva Remolina/ AMIC


Vivimos en una sociedad que premia la disponibilidad constante, la rapidez y el «llegar a todo». En este contexto, poner límites puede parecer difícil, incómodo o incluso egoísta. Pero, en realidad, los límites no alejan: protegen. Son una herramienta esencial para cuidar la salud mental, la energía y las relaciones, tanto en el trabajo como en la vida personal.


¿Por qué nos cuesta tanto poner límites?

A menudo no es falta de voluntad, sino de creencias arraigadas. El miedo a decepcionar, a parecer poco implicados, a perder oportunidades o a generar conflicto hace que aceptemos más de lo que podemos asumir. En la vida personal, los vínculos emocionales también juegan un papel importante: decir «no» a alguien a quien queremos puede generar culpa.

Aprender a poner límites implica revisar estas creencias y entender que cuidarnos no es incompatible con ser responsables ni con tener relaciones sanas.

Antes de comunicar un límite, es necesario identificarlo. Escuchar al cuerpo y a las emociones es clave: el cansancio constante, la irritabilidad, la sensación de ir siempre tarde o de no tener espacio propio son señales de que algo no está equilibrado. Preguntarnos qué necesitamos, hasta dónde podemos llegar y qué estamos dispuestos a ofrecer nos ayuda a definir límites realistas y sostenibles.

En el ámbito laboral, los límites claros mejoran el rendimiento y previenen el desgaste. Algunos ejemplos de límites sanos pueden ser:

  • Respetar los horarios de entrada y salida siempre que sea posible.
  • No responder correos o mensajes fuera de la jornada laboral.
  • Aprender a decir no a tareas que no nos corresponden o que superan nuestra capacidad actual.
  • Priorizar y negociar plazos cuando la carga de trabajo sea excesiva.

Comunicar estos límites con asertividad, desde el respeto y la claridad, es fundamental. No hace falta justificarse en exceso: una explicación sencilla y honesta es suficiente.

En casa, con la familia o con las amistades, los límites también son necesarios. Respetar el tiempo propio, decidir hasta dónde podemos ayudar, marcar espacios de descanso o expresar necesidades emocionales no debilita las relaciones; las hace más honestas. Decir «ahora no puedo», «necesito tiempo para mí» o «esto no me va bien» es una forma de cuidar el vínculo y de evitar resentimientos acumulados.

Poner límites no siempre es cómodo. Puede generar incomodidad, miedo o culpa, sobre todo al principio. Este malestar no es una señal de que estemos haciendo algo mal, sino de que estamos cambiando patrones aprendidos. Con el tiempo, los límites claros generan más respeto —hacia los demás y hacia nosotros mismos— y una sensación de coherencia interna muy valiosa.

Poner límites sanos no significa cerrarnos ni ser inflexibles. Los límites pueden adaptarse a las circunstancias y a los momentos vitales. Lo más importante es que no sean siempre los mismos quienes ceden ni que el coste sea la salud o el bienestar personal.

Aprender a poner límites es un proceso, no un objetivo que se alcanza de un día para otro. Es una práctica continua de autorespeto. Cuando ponemos límites sanos, decimos: «Esto es importante para mí». Y este mensaje, con el tiempo, transforma la manera en que trabajamos, cómo nos relacionamos y cómo vivimos.

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Redacción

Periodista de Menorca al Dia