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Ella

"Abrazo de sal" de Lola Maiques

Atardecer de otoÑo_LMF
Atardecer de otoÑo_LMF

Fue su cumpleaños el viernes pero el regalo lo recibí yo. Mientras corría se había acordado de mí. Sabía que era un día especial para mi y deseaba que lo disfrutara mucho, y que, en algún momento, nos pudiésemos ver. Me lo contó en el mensaje con el que respondió al mío de felicitación.
Los ojos se me llenaron de lágrimas porque sentí cuánto le importa lo que me importa, cada cosa que me pasa, todo lo que me ilusiona, lo que me agobia o me entristece. Es mi hermana sobrevenida, confidente y cómplice, desde que la infancia de nuestros hijos nos reunió.
Una relación fraguada a pie de parque, en el barullo de cumpleaños infantiles, en el desconcierto de una crisis que nos afectó de modo inesperado, en la incertidumbre de la madurez, en pellizcos de pena,  en la alegría de un sinfín de pequeños momentos. El día transcurrió como ella deseaba, espléndido, y finalizó como ella deseaba, reuniéndonos.
El abrazo apretado, la sonrisa, un “qué guapa estás” mutuo, contarse las novedades, la risa compartida, los planes cercanos y lejanos, todo aderezado con la presencia incontestable de quienes amamos (entre ellos, él, que está con ella, que no me escribe mensajes que me empañan los ojos, pero, como ella, está por mi, por lo que me pasa, lo que me ilusiona, me agobia o entristece).
Momentos como hilos que traman la urdimbre del terciopelo del cariño, la seda de la calma, el lino de la frescura, el algodón de la compañía. Momentos que valen una vida. La vida que nos unió por azar y que ya no entendemos la una sin la otra. La vida que nos regala la certeza de que nada tiene sentido sin momentos así, sin personas como ella.

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