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“Una caída de 10.000 metros”

Un artículo de Marta Pons Coll

(Foto: Pixabay)

Con la llegada de las aerolíneas low cost, llegaron también la asignación aleatoria de asientos, los grupos de embarque y la costumbre de viajar con una mochila a la espalda.

Subes al avión, te encajas en un asiento que te recuerda que no llevas la operación bikini tan bien como te gustaría y, el azafato o azafata de turno empieza a hacer la demostración de seguridad. Reconozco que soy de las que pone un poquito de atención, por si ha cambiado algo desde la última vez que la escuché, y cuando llega la parte donde se menciona el chaleco salvavidas, siempre me pregunto ¿pero no sería más útil un paracaídas? Al fin y al cabo, los aviones vuelan…

Sé que tiene su explicación y, por suerte para todos, las decisiones de seguridad las toma gente mucho más lista que yo, pero imagínate la escena; tú estás cómodamente recostado en el asiento de tu avión tomándote la bebida de cortesía que te ha ofrecido la aerolínea (porque como te lo estás imaginando, el asiento es cómodo, se recuesta, y la aerolínea todavía incluye una bebida de cortesía hasta en sus rutas más cortas), cuando de repente hay un problema y la tripulación te dice que tienes que saltar del avión.

En realidad, a 10.000 metros del suelo, seguramente la utilidad de ambos sería la misma, pero yo me sentiría más segura llevando puesto un paracaídas que un chaleco salvavidas. ¿Tú no?

Obviamente, ésta es una situación ficticia, pero ¿alguna vez te has sentido como si te dijeran que tienes que saltar del avión? Recientemente una amiga me describía que, durante su divorcio, ella sintió más bien como si su asiento hubiera sido eyectado directamente hacia el exterior, sin previo aviso.

Despidos, rupturas amorosas, malentendidos, mala convivencia, conflictos varios, etc.

En nuestra vida diaria, con frecuencia nos encontramos con situaciones que nos superan, nos aceleran el pulso y nos disparan la tensión. Y no hay avión, ni estamos a miles de metros de altura, pero tenemos esa sensación de saltar al vacío y presentimos que el tortazo contra el suelo será épico. Y muy doloroso.

En estas situaciones, la inteligencia emocional es una herramienta que puede resultarnos muy útil, pues nos permite ser conscientes de nuestros sentimientos y de los de los demás y entenderlos, nos permite administrar nuestras emociones de manera que reducimos el estrés, aminoramos conflictos y superamos desafíos. Podríamos decir que la inteligencia emocional es el paracaídas que nos permite experimentar un aterrizaje amable y llegar al suelo de una pieza.

Pero, ¿y eso dónde se compra? La mala noticia es que inteligencia emocional no la hay en Amazon, aunque allí encontrarás miles de publicaciones relacionadas con el tema. La buena es que al igual que hablar en público o ir en bicicleta, la inteligencia emocional se aprende y se entrena. Y nunca es tarde para hacerlo.

Entrenar tu inteligencia emocional puede ser determinante para la vida.


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