Ahora que los tiempos vienen revueltos, como tantas veces fue así en la historia de nuestro país, es buen momento para recordar que precisamente la Jefatura del Estado ha representado un factor de estabilidad y un puntal para el asentamiento de la joven democracia española.
Con la prudente excepción del presente en el que nos encontramos con unas circunstancias excepcionales provocadas por la pandemia del covid, si hoy vivimos en un país moderno, seguro y atractivo para millones de visitantes se debe a una generación --con líderes y protagonistas concretos y destacados-- que supo salvar las diferencias ideológicas y hacer tabla rasa de las heridas de épocas inmediatamente anteriores para levantarse y resurgir.
Un nuevo marco de paz y un nuevo espíritu de construcción inspiraron la democracia más extensa y amplia que ha conocido España. Es esta democracia el régimen que nos ha traído prosperidad, reconocimiento y aprecio en el tablero político internacional, libertades y derechos ciudadanos.
Tanto es así que nos hemos formado, o deformado, en un espíritu crítico que nos está desbordando en muchos aspectos: desde las tensiones interterritoriales por la búsqueda de la primacía económica de las autonomías y la sostenibilidad de una administración abultadísima a las veleidades soberanistas; en los conflictos de competencias por la jerarquización de instituciones como la Justicia; en la subversión de principios como la propiedad privada, amenazada por la imparable escalada de precios de la vivienda y la autorización fáctica de consentidos realojos abusivos; en una libertad de expresión confundida y enmarañada en una selva incontrolable de embustes; con una información tan intencionadamente intervenida por intereses de toda catadura que deriva en desinformación…
En medio de todo este lío parece imponerse una competición de sabios de a pie, opinadores inopinados y justicieros que se prenden a cualquier atisbo de mensaje por comprobar para proferir sentencias inculpatorias. Por si acaso.
Necesitamos una tregua ante tanto Torquemada, un poco más de reflexión, más serenidad, más sosiego, más respeto y sin duda más equilibrio a la hora de emitir juicios y pretender arbitrar las vidas ajenas.
Será que la historia nos devuelve sus ecos, pero mucho me temo que un elevado porcentaje de nacionales transpira y reproduce el factor inquisitorial y se arroja a la acusación preventiva. Inculpa y lapida, por afición.
Siempre fue fácil enardecer a las masas pero ahora nos encontramos con la demencial paradoja de que son facciones de las propias instituciones las que ponen en cuestión el sistema en el que se apoyan o mecen, sin calcular el esfuerzo que costó y la dificultad que entrañaba crear una nueva España.
Es evidente que todo es mejorable y hay que ceñirse al rigor y a las garantías democráticas que tanto se invocan para llevar adelante esa voluntad de mejora permanente. Por eso, precisamente, conviene arrinconar la acusada predilección hacia las culpas ajenas y salvaguardar la presunción de inocencia como principio básico del derecho. En segundo lugar, la ecuanimidad y la ponderación aconsejan distinguir personas de instituciones. Nadie cuestiona la existencia de la Generalitat o pone en tela de juicio el Estatut d’Autonomia aunque el que fuera presidente de más larga permanencia en la Ejecutivo catalán tenga, en este caso sí, imputaciones por presuntos casos de corrupción que no acaban de juzgarse. Y aun así, hay que reconocerle, también, un inmenso servicio a la estabilidad nacional. En tercer lugar, mejor nos iría si hiciéramos inventario de lo positivo en lugar de encumbrar siempre tendencias negativas y fatalistas animadas por la envidia, ¡ese motor tan activo!
Esta semana recibimos en Menorca la visita de los Reyes Felipe VI y Letizia, la segunda generación de la monarquía parlamentaria que instituimos entre todos con nuestro voto a la Constitución.
Los vínculos entre la Casa Real y Menorca son estrechos y vienen de antiguo. Siempre hemos sido acogedores y tenemos constancia del aprecio que la isla merece para la familia real que ha prodigado sus visitas, las oficiales como las de asueto, a este territorio en el que nunca se sintieron ajenos y donde tuvieron además excelentes introductores como el coronel José Sintes Anglada o el general Luis Alejandre.
Nunca fue Menorca una periferia olvidada para esta monarquía constitucional que además, desde la Jefatura del Estado restauró la celebración de la Pascua Militar por la que se conmemora, cada 6 de enero, día de Reyes, la recuperación de la Isla y su restitución a la soberanía española en 1782, bajo reinado de Carlos III.
Tenemos unos reyes mediterráneos que han promocionado estas islas al fijar en Mallorca su residencia oficial de verano en el Palacio de Marivent, destacando la excelencia del archipiélago entre tantas otras opciones. Una familia real que ha estado al lado de Menorca en grandes ocasiones: prestando su apoyo a la industria del calzado y la bisutería como a las producciones agroalimentarias, con el queso Mahón-Menorca como producto estrella; a las nobles causas culturales (como la inauguración del Teatre des Born, el respaldo a la Fundació Hospital Illa del Rei por el Rey Juan Carlos o la eventual presidencia por la Reina Sofía del Foro Illa del Rei), y a la misma idea de conseguir la declaración por la UNESCO como Reserva de Biosfera, cuya entrega contó con la asistencia de la infanta Cristina.
Una familia real que demuestra sensibilidad ante las causas sociales, como ahora a través de la Fundación Hesperia, o la defensa patrimonial que vemos al posibilitar la restauración de la Farmacia Llabrés, uno de los pocos ejemplos de establecimientos modernistas que hay en la isla; en la inauguración del curso en el instituto decano de la isla, el Joan Ramis, y con otros gestos de máximo valor humano como la visita reverencial de Juan Carlos I al supercentenario y confeso republicano de Es Migjorn, Joan Riudavets, de exquisitos modales y aún mejor lucidez y carisma, cuando tuvo el techo de edad del mundo, y congeniaron.
Marineros y náuticos han dado categoría a regatas como la Copa del Rey de Embarcaciones de época en Mahón y han subrayado en cuantas ocasiones han podido su predilección por perderse un día en cualquier punto de la costa, fondear en la bahía de Fornells, degustar una caldereta de langosta o calzar, sencillamente, abarcas.
Tenemos razones históricas y políticas, pero también humanas y de cercanía, con sentimientos de cordialidad y gratitud, para dar nuestra acogida y brindar nuestro apoyo a los Reyes en unos momentos en los que la crítica injusta y desaforada se abalanza por inercia, sin recato y lo que es peor, sin cálculo de consecuencias, algo inconsciente del papel que ha jugado la monarquía en nuestro país, en nuestra comunidad y también en nuestra isla.
Hechos probados para nuestra mejor bienvenida.
Ante la visita real
