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"Viajar también es aprender a vivir"

Un artículo de Beatriz Vilas

"Viajar nos obliga a salir de nuestro entorno habitual".
"Viajar nos obliga a salir de nuestro entorno habitual".

Hay viajes que planificamos durante meses, esperando con ilusión el momento de desconectar, descansar y descubrir nuevos lugares. Y hay otros que llegan por motivos profesionales: una reunión, una conferencia, una formación, una visita comercial o un compromiso empresarial.

Cuando viajamos por trabajo, solemos pensar que no estamos realmente viajando. Nos desplazamos, cumplimos una agenda y regresamos a casa. Aeropuerto, hotel, reuniones, llamadas, comidas rápidas y otra vez de vuelta. Sin embargo, incluso el viaje más breve y aparentemente rutinario puede convertirse en una experiencia enriquecedora si aprendemos a mirarlo de otra manera.

Viajar nos obliga a salir de nuestro entorno habitual. Cambian los horarios, el paisaje, las personas, la comida y hasta la manera de comunicarnos. Durante unas horas o unos días dejamos atrás nuestras rutinas y entramos en contacto con otras formas de vivir.

Esa ruptura de la normalidad puede incomodarnos, pero también puede despertar nuestra curiosidad.

Viajar nos recuerda que nuestro mundo no es el único mundo posible.

Cada ciudad tiene su ritmo. Cada lugar tiene una manera distinta de relacionarse, de trabajar, de comer, de descansar y de ocupar el espacio público. Observar estas diferencias nos ayuda a ampliar nuestra perspectiva y a cuestionar algunas ideas que dábamos por sentadas.

Incluso un viaje de trabajo puede enseñarnos mucho sobre nosotros mismos.

Nos permite descubrir cómo reaccionamos ante los imprevistos, la espera, el cansancio o la incertidumbre. Un vuelo retrasado, una maleta que no aparece, una reunión que cambia de horario o una dirección difícil de encontrar pueden convertirse en una fuente de estrés o en un ejercicio de paciencia y adaptación.

La experiencia externa cambia poco. Lo que cambia es nuestra actitud ante ella.

Durante mucho tiempo hemos asociado disfrutar con estar de vacaciones. Parece que solo tenemos permiso para mirar a nuestro alrededor, pasear sin prisa o probar algo diferente cuando oficialmente estamos descansando.

Pero disfrutar no depende exclusivamente del motivo del viaje. Depende de la atención que ponemos en lo que estamos viviendo.

Podemos viajar por trabajo y, aun así, levantarnos un poco antes para caminar por una calle desconocida. Podemos sentarnos en una cafetería local y observar cómo comienza el día en esa ciudad. Podemos probar un plato típico, conversar con alguien diferente, visitar un monumento cercano o contemplar el paisaje desde la ventana de un tren.

No hace falta disponer de una jornada completa. A veces bastan treinta minutos de presencia verdadera para transformar un desplazamiento profesional en un recuerdo especial.

Disfrutar de un viaje de trabajo no significa abandonar nuestras responsabilidades. Significa integrar el deber y el placer de una manera más inteligente y más humana.

También significa evitar esa mentalidad según la cual todo lo que no es estrictamente productivo es una pérdida de tiempo.

Una conversación inesperada, un paseo o una visita cultural pueden proporcionarnos ideas, inspiración y respuestas que probablemente no encontraríamos sentados frente al ordenador. Muchas decisiones importantes aparecen precisamente cuando dejamos de forzarlas.

Viajar estimula la creatividad porque nos expone a nuevos escenarios. Nuestro cerebro recibe imágenes, sonidos y referencias diferentes. Al romper con la monotonía, se abren nuevas conexiones y nuevas posibilidades.

Por eso, los viajes profesionales también pueden ser una forma de crecimiento personal.

Conocer otros entornos nos ayuda a relativizar nuestros problemas. Aquello que en casa nos parecía enorme puede adquirir una dimensión distinta cuando cambiamos de perspectiva. Viajar nos enseña que la vida continúa más allá de nuestras preocupaciones y que existen muchas maneras de resolver una misma situación.

Además, cada viaje es una oportunidad para conocernos mejor.

Hay personas que descubren que disfrutan viajando solas. Otras se sorprenden de su facilidad para comunicarse con desconocidos. Algunas comprenden que necesitan controlar menos y confiar más. Cada desplazamiento nos coloca frente a una versión diferente de nosotros mismos.

Para disfrutar de los viajes de trabajo conviene aprender a dejar cierto espacio sin programar. No llenar cada minuto con reuniones, correos electrónicos y compromisos. Reservar aunque sea un pequeño intervalo para explorar, descansar o simplemente observar.

También podemos investigar previamente qué lugar interesante existe cerca del hotel o del espacio donde se celebrará la reunión. Un mercado, una iglesia, una plaza, un museo o un restaurante tradicional pueden cambiar por completo nuestra percepción del viaje.

No se trata de hacer turismo de manera compulsiva, intentando verlo todo. Se trata de estar presentes.

A veces disfrutaremos contemplando una ciudad desde la habitación del hotel. Otras veces caminaremos sin rumbo durante media hora. Quizás el mejor momento del viaje sea una conversación durante la cena o el amanecer visto desde el aeropuerto.

La clave está en no vivir el desplazamiento como un paréntesis vacío entre nuestra salida y nuestro regreso.

Cada viaje forma parte de nuestra vida. No es tiempo perdido ni tiempo prestado. Son horas y días que también nos pertenecen.

Vivimos esperando demasiadas veces el momento ideal: las vacaciones perfectas, el viaje soñado, el descanso merecido o la etapa en la que tendremos más tiempo. Mientras esperamos, la vida sucede en los aeropuertos, en las estaciones, en las carreteras, en los hoteles y en las ciudades a las que llegamos por obligación.

Quizás aprender a viajar sea también aprender a vivir.

Porque la vida no siempre nos lleva al lugar que habíamos elegido, ni en las condiciones que habíamos imaginado. Pero casi siempre nos ofrece algo que descubrir cuando mantenemos los ojos, la mente y el corazón abiertos.

Viajar, aunque sea por trabajo, puede convertirse en un recordatorio de que no necesitamos escapar de nuestras responsabilidades para disfrutar. Podemos encontrar belleza, aprendizaje y sentido dentro de ellas.

Al final, no importa únicamente el destino ni el motivo por el que llegamos hasta allí. Importa la forma en la que decidimos recorrer el camino.

Porque cada viaje puede ser una obligación que soportamos o una experiencia que incorporamos a nuestra historia.

La diferencia, muchas veces, está en nuestra manera de mirar.

R

Redacción

Periodista de Menorca al Dia