El amor es más fuerte que la muerte podemos leer en la Sagrada Escritura. Algunos dudan que así sea, a pesar de ver y constatarlo con sus propios ojos
¿Seré yo una soñadora incurable? ¿una romántica incorregible? No, nada de eso, y hoy decidí reflexionar un poco acerca de éste que es uno de los sentimientos más vulgarizados en el lenguaje, pero imposible de comprender y expresar, así como lo más raro de encontrar en plenitud.
Camöes inmortalizó con palabras que nadie más alcanzó superar: “Amor es fuego que arde sin verse, herida que duele y no se siente, un contentamiento descontento, y dolor que enloquece sin doler “.
Sin embargo, del amor podemos encontrar dos modos de sentir, dos vivencias existenciales: de un lado, la expresión máxima del enamoramiento, una pasión, un pulso erótico. Y de otro lado, el amor tal como lo encontramos en el cristianismo, el amor al prójimo como a sí mismo, aquella renuncia a ser el centro del mundo y sacrificándose en beneficio del otro.
En nuestros días se habla mucho de amor; ansiase encontrar el amor. Lamentamos lo poco que se sabe amar en nuestros días; tememos que en un futuro próximo se instale una gélida deshumanización de la que ya vamos percibiendo algunos síntomas perturbadores. Si el amor es más fuerte que la muerte, la verdad es que actualmente lo que vemos más extendido es precisamente la cultura de la muerte, como si nos debiésemos entregar y rendirnos a un desespero inevitable, el nihilismo de quien abraza la renuncia de conocer eso para el cual tantos se han sacrificado antes de nosotros.
Así no es raro que sin que lo supiéramos admitir, pululan en nuestros corazones gotas venenosas que nos impiden la coherencia de amar. Parece que el verdadero amor solamente se halla reservado en los corazones de los poetas, los Santos y a los locos.
A los poetas porque sienten la comunión que une a todos los hombres a través del filtro genuino de aquella inocencia que el amor imprime en el corazón de los que aspiran a él sin permiso.
A los Santos porque se entregan a la estrategia de la pureza alcanzable por los niños a los cuales insisten en convertirse. “…De cierto os digo, que, si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos…” Mat. 18:3
Y a los locos porque todo en ellos es fé y en exceso. Para ellos, el amor es lo más rabioso de todos los excesos.
Con lo que a mí respecta y a pesar de considerarme algo romántica y soñadora, también no tengo el capricho de decir que podría integrarme en la pertenencia al restrictivo grupo de los verdaderos poetas, los santos y los locos. Al percibir la relación que hay entre nuestra abuela y un nieto me doy cuenta de que son felices por el amor mutuo que ambos reciben como egoístas que son. Y si nosotros les damos amor, entonces somos los vencedores. La mejor parte sin duda es la nuestra.
Y todo esto porque el Amor no es una abstracción, por mucho que tengamos dificultades en definirlo o quizás por esto mismo. Si el Amor no se hace transparente en el testimonio de nuestra vida ¿Qué vida será esa? Nada, Nada. Absolutamente nada.
En mi larga y tortuosa vida donde mi resiliencia se fue fortaleciendo, escribí un día como remate de una carta dirigida a una persona que intentaba perjudicarme: ¡ “El Amor siempre venció! ¡El amor siempre vencerá!.
¿Y no es eso lo que realmente pienso y creo?
