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"Un teclado en psiquiatría"

Un artículo de Adolfo Alonso

(Foto: PIXABAY)
(Foto: PIXABAY)

Un paciente ingresado en la planta de psiquiatría pide un teclado de piano. Nada más. Un teclado. Pero en cuanto las primeras notas se deslizan por el pasillo —una llamada antigua, profunda, casi mítica, como un eco que reconoce lo humano antes que la palabra—, otros pacientes asoman desde sus habitaciones. Se acercan, piden tocar, se sientan. Y entonces ocurre algo inesperado: de dedos tensos por la ansiedad, de manos que tiemblan o se agitan, brotan melodías suaves, armonías que parecen más serenas que las tormentas de Beethoven.

El contraste es casi un prodigio. De un dolor invisible surge una belleza que no compite con nada, que simplemente existe. Una belleza que construye un espacio extraño, como un nido donde algo frágil y vivo se sostiene sin romperse. Algo inmaterial, invisible y sensible, como la propia enfermedad mental.

Música y sufrimiento conviven entre las paredes blancas y la mesa de la enfermera supervisora. La nota do frente al dolor; la música frente a la herida psíquica.

Las familias saben prepararse para el gotero de una quimioterapia: hay un protocolo, una lógica, un horizonte. Pero nadie está preparado para el teclado de la hipomanía, ni para convivir con la depresión en el salón de casa. La planta de psiquiatría tampoco está preparada para la música; sin embargo, la música la invade y la transforma. Los hogares y las familias solo están preparados, a veces, para la resiliencia.

El piano se convierte en una metáfora real. Él tiene lógica, estructura, composición. Una enfermedad mental, en cambio, no responde a acordes ni a escalas: es un concierto de instrumentos que no han tenido tiempo de afinarse, como decía el psiquiatra Vallejo-Nágera. La planta de psiquiatría es un teatro donde una orquesta de violines desajustados intenta tocar su propia música: seres humanos con dignidad, aunque a veces perdidos dentro de sí y desplazados del mundo. Las notas del piano, sin embargo, ordenan el escenario. Introducen una lógica posible dentro de personas que viven en un territorio interior complejo, desorientado, silencioso.

La lógica de quienes están sanos es lineal; la de quienes padecen una enfermedad mental es otra: sorprendente, a veces expansiva, a veces detenida, siempre distinta. La música vital de los sanos avanza recta; la de los pacientes psiquiátricos se abre en abanicos inesperados, mezcla análisis y fantasía, realidad y deseo. Pero la música les permite expresarse. Les ofrece un lenguaje que, aunque nazca desafinado, puede convertirse en algo hermoso.

Un niño autista tocaba el piano en uno de esos días. Se movía, se expresaba, parecía que todos sus silencios —las palabras no dichas, las letras no usadas, las soledades que nadie ve— se reducían a do, re, mi, fa, sol, la, si. En cada nota había un pequeño sol para él, un mi que atravesaba su cuerpo y recordaba a todos que su alma tiene un yo lleno de dignidad, como la de cualquier ser humano.

El gran choque entre quienes están sanos o padecen enfermedades físicas y quienes sufren trastornos mentales es este: unos esperan comportamientos guiados por la lógica racional; los otros viven en una lógica distinta, química, desajustada, a veces inaccesible. Unos no comprenden por qué alguien se hunde en una depresión; otros no pueden reaccionar aunque lo deseen. No es falta de voluntad: es falta de posibilidad.

Ese choque desgasta. Agota a unos y a otros. La energía que los sanos entregan puede ser suficiente o no. Unos ven interrumpida su vida por la enfermedad de un ser querido; otros ven interrumpida la suya sin remedio. Unos se cansan; otros simplemente no pueden dejar de estar cansados. Personas con esquizofrenia, autismo profundo, trastornos del ánimo o de la personalidad no pueden ajustar su lógica a la lógica común. Y no hay escuela que enseñe mejor que un piano, que la música, que ese lenguaje que no exige coherencia para ser verdadero.

Este artículo es solo un subrayado, una llamada de atención sobre el mundo de quienes padecen enfermedades psiquiátricas y, especialmente, sobre el mundo silencioso y valiente de sus familiares. También es un abrazo para todos ellos.

R

Redacción

Periodista de Menorca al Dia