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Balearia

El apocalipsis será la pérdida de libertad

Un artículo de Adolfo Alonso Carvajal

La oscuridad de la pantalla termina por adueñarse del cerebro (Image by Dee from Pixabay)
La oscuridad de la pantalla termina por adueñarse del cerebro (Image by Dee from Pixabay)

Esta semana he tenido problemas con mi ordenador para trabajar. Problemas tanto para acceder a la justicia digital como para utilizar la firma electrónica en los escritos que se presentan telemáticamente.

Los problemas con el ordenador son hoy sinónimo de prisión, de pérdida de libertad y, en cierta medida, de pérdida de condición humana. Ya no vivimos en la dimensión tecnológica en la que fuimos educados ni desarrollamos plenamente las capacidades personales que poseemos. Poco a poco nos hemos convertido en dependientes de una máquina, de un ente invisible cuya ubicación desconocemos y que ha llegado a controlar incluso el acceso al puesto de trabajo.

No nos equivoquemos. La tecnología de hoy, la inteligencia artificial, no nos iguala; nos sustituye progresivamente, o al menos sustituye facultades que hasta ahora considerábamos exclusivamente humanas. Llegará un momento en que su libertad operativa sea mayor que la nuestra. Es cuestión de tiempo.

Mientras llega ese rey, ya tenemos a su embajador. Detenta una parte creciente del poder sobre la educación, el trabajo y la generación de riqueza: el técnico informático.

El agrimensor K. de Kafka ha sido sustituido por el informático. Ha ocupado su lugar y nos marca el camino del nuevo control. Históricamente, el agrimensor era una figura situada entre el científico y el jurista. Medía territorios, resolvía conflictos de propiedad, trazaba caminos y elaboraba catastros. Era el hombre encargado de comprender el espacio y orientarse en él. Ahora el informático, al que llamaré I., ha matado a K.

Cuando un PC comienza a comportarse de forma distinta a la habitual, el conocimiento parece diluirse en su interior. La oscuridad de la pantalla termina por adueñarse del cerebro. Los dedos se convierten en órganos que quizá la evolución considere prescindibles. Tal vez sólo nos quede el índice, condenado a pulsar teclas y pantallas. El resto de la mano parece avanzar hacia una lenta jubilación biológica.

Aquellos signos caligráficos que aún llamamos letras han sido desplazados por teclados, pantallas y procedimientos electrónicos. Los folios de papel apenas sirven para relacionarnos con la Administración. Todo es telemático. Incluso el certificado digital con el que nuestro DNI es reconocido por las instituciones puede convertirse de repente en un objeto inútil.

Disponemos de drones capaces de reconstruir edificios, levantar topografías, penetrar virtualmente en el subsuelo y mostrarnos aquello que nuestros propios ojos no pueden ver. Todo son imágenes en una pantalla, aplicaciones instaladas, programas de cálculo y modelos digitales.

Pero llegará un día en que el ordenador, O., dejará de funcionar y necesitaremos a I. Entonces habrá que acudir a los planos de K., quizá conservados en alguna biblioteca digitalizada. Podremos consultarlos siempre que no se haya producido un apagón eléctrico como el que ya hemos conocido. Mientras tanto, I. estará ocupado con millones de pantallas negras y millones de ordenadores averiados. Nos atenderá en remoto desde cientos de kilómetros de distancia, si puede hacerlo y cuando pueda hacerlo.

Un periódico digital incapaz de publicar sus noticias. Un servicio de urgencias que no puede escribir historias clínicas. Una oficina judicial paralizada. Ninguno de ellos podrá detener el ritmo de una sociedad que exige funcionamiento permanente.

Y nosotros tampoco podremos resolver el problema, porque no sabemos informática.

Sabemos escribir con bolígrafo y antes supimos escribir con pluma. Sabemos utilizar márgenes, conservar cuadernos, archivar papeles. Pero esos conocimientos han dejado de ser suficientes. Nos faltarán recursos para actuar con autonomía. Sólo sabremos pulsar teclas mientras la máquina funcione, o mientras ella considere oportuno funcionar.

Tampoco podremos utilizar la inteligencia artificial cuando nuestro ordenador permanezca inactivo durante horas o durante días. Tendremos que relacionarnos con otros ordenadores antes que con otras personas. Y, si no encontramos solución, estaremos buscando a I. en lugares improbables.

El tiempo seguirá avanzando mientras buscamos ayuda. Nadie detendrá sus plazos porque nuestro sistema haya dejado de funcionar. Llegaremos al último segundo del último minuto de esta era de nanotecnología perdidos, incapaces de presentar un escrito, realizar un cálculo o ejecutar una acción necesaria.

Y aquí aparece mi paradoja de prehistoriador e historiador.

¿Qué sintió el ser humano cuando dominó el fuego? ¿Qué experimentó cuando inventó la alfarería? ¿Cuándo aprendió a trabajar la madera? ¿Cuándo consiguió construir la rueda?

¿Sintió miedo? ¿Temió la superioridad del clan vecino? ¿Temió ser controlado por los cambios que él mismo había provocado?

¿Qué siente cada generación ante la que la precede?

¿Es lo mismo que sentimos nosotros ante esta progresiva y voluntaria reducción de libertad?

No encuentro la respuesta.

A lo largo de la historia, los avances tecnológicos mejoraron la supervivencia y la calidad de vida. Sin embargo, no sé si nos encontramos hoy en una situación semejante. Está claro que hemos llegado a un límite, al borde de nosotros mismos. Por primera vez desde la aparición del Homo sapiens, la evolución parece no proceder exclusivamente de la naturaleza, sino también de creaciones nacidas de nuestra propia inteligencia, herramientas capaces de aprender, decidir y actuar de formas que hace sólo unas décadas pertenecían al terreno de la ficción.

Ha nacido un nuevo mundo que aún no tiene sinfonía. Quizá llegue a tenerla. Quizá incluso termine siendo compuesta por una inteligencia artificial.

Un mundo global en el que algunos pueden construir máquinas que ya apenas necesitan a los hombres para funcionar. Y otro mundo en el que el hombre que pretenda competir con esas máquinas difícilmente podrá alcanzar su velocidad, su memoria o su capacidad de proceso.

Quizá no estemos ante una nueva tecnología. Quizá estemos ante una nueva humanidad.

O quizá ante una humanidad que comienza a percibirse a sí misma como una especie vulnerable.

Podemos ver más o menos lejos. Podemos incluso equivocarnos. Lo que resulta cada vez más evidente es que el poder ha vuelto incomprensibles muchos de los límites que antes entendíamos.

Por eso creo que el verdadero fin del mundo, el auténtico apocalipsis, no llegará en forma de fecha, de milenio, de guerra o de fuego descendido del cielo.

Llegará cuando el agrimensor K. sea incapaz de encontrar el camino porque le hayan arrebatado la

libertad de medir el mundo con su propia inteligencia, cuando deje de ser hombre aunque esté vivo.

R

Redacción

Periodista de Menorca al Dia