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"Fuego amigo y enemigo"

Un artículo de Adolfo Alonso

(Foto: PIXABAY)
(Foto: PIXABAY)

Para quienes trabajamos en el mundo del derecho, la resiliencia se convierte en una virtud cada vez más entrenada. Muchos políticos proceden de este ámbito; imagino que de ahí les viene cierta capacidad para soportar la situación política en la que conviven y de la que, al mismo tiempo, forman parte como causa.

También supongo que por eso la norma más aplicada en este mundo metajurídico y político es la ley del embudo: esa actitud que consiste en aplicar un trato desigual a hechos idénticos, dependiendo de dónde sople el aire. Esta ley no tiene filosofía jurídica académica, ni está publicada en texto alguno, pero es histórica. La inventamos como humanidad desde el principio de los tiempos sociales y vino para quedarse hasta el fin del mundo.

La ley del embudo ha alcanzado un nivel de uso social casi equiparable a una costumbre dotada de comprensión y necesidad. Lo ancho para unos, lo estrecho para otros. Es popular y denuncia injusticia, doble rasero y arbitrariedad en la aplicación de las reglas, según sea el fuego amigo o enemigo. Según sean las fobias o las filias, entra en funcionamiento el embudo.

Esta semana hemos visto, otra vez, cómo se mezclan el fuego amigo, el enemigo y una resiliencia corrompida. La resiliencia, en términos no corruptos, significa la capacidad de una persona para atravesar una dificultad, adaptarse al impacto y seguir adelante sin perder su estructura interna. No es invulnerabilidad, ni frialdad, ni resistencia ciega: es plasticidad con dignidad. Pero, como ocurre con los sistemas políticos, también puede corromperse: resistir por frialdad, por fanatismo, por ambición… y perder la dignidad. Y sin dignidad nadie puede ejercer el poder democrático.

El fuego enemigo lo hemos visto en los incendios de Ávila, Madrid, Guadalajara y Toledo, y en las declaraciones políticas de Óscar López y de Ayuso. Ni siquiera en esta circunstancia son capaces de ser constructivos; ni aunque lo pretendan, ni queriendo ni sin querer. Afortunadamente, los bomberos, la UME y los bomberos forestales entienden el fuego de otra manera: no se andan con políticas de tal o cual, ni con chiquitas. No hay tiempo para tonterías. Seguro que cada uno tiene su idea política —Vox, PP, socialistas o quien sea—, pero están a lo que toca. No se ponen el chalequito rojo o amarillo ni se van en minishort como si fuesen de excursión al campo. Van al campo, sí, pero no de tiempo libre. Tampoco utilizan los vídeos de los incendios para colar publicidad previa de una marca de carburante. Hagan la prueba: intenten ver un vídeo y se encontrarán con el “saltar anuncio” previo. Un anuncio de carburante antes de ver al monstruo que está devorando bosques, casas e historias familiares, mientras ellos están dentro, con sus monos pesados, sus cascos y sus bombas de agua.

Este fuego enemigo está cada vez más cerca, más presente, más continuado, y se alterna con la DANA, con la ola de calor o con las lluvias torrenciales en estos tiempos que testificamos dolorosamente.

El fuego amigo sirve también como cortafuegos, pero para llevarse víctimas a la ley del embudo. La última víctima de fuego amigo tiene nombre y partido político. Zapatero es fuego amigo; el hermano del presidente del Gobierno es fuego amigo; Ábalos y Cerdán también lo son; Leire, “la fontanera”, otro personaje para la corte de los milagros, como ya lo son Koldo, “el pequeño Nicolás”, Alvise o Vito: pero no llegan ni a fuego de vitrocerámica.

Hay dos personajes del sainete nacional, sin embargo, que son más que fuego amigo: Julito y Aldama. Son pirómanos arrepentidos, tránsfugas entre fuegos y nadadores de aguas turbulentas. Incombustibles ante cualquier clase de fuego, ni amigo ni enemigo. Son los top ten por ahora: maestros del chanchullo, aparentes artistas del choriceo de lujo. Una galería que va aumentando y que habría hecho las delicias de Berlanga. Dan para otra Escopeta nacional y para mucho más.

Pero la ley del embudo lleva al otro partido a cargar de forma verdaderamente indigna e insultante, hasta el punto de que la resiliencia a sus propios problemas —M. Rajoy, Bárcenas, “el ministro”, Zaplana, Granados, la Cospedal, entre otros— es indigna y ejemplo perfecto de la ley del embudo. Tampoco se puede llamar desde el PSOE “nazi” a Feijóo: otra aplicación práctica del embudo.

No recuerdo escándalos por restar nada a la situación en la que Zapatero se ha metido, a él y a otros amigos y próximos. Ni siquiera él mismo está convencido: no sabe dónde está y aún no tiene estrategia de defensa. Está como un ciego con su bastón, dando palos sin saber. Es difícil no cruzar la línea, y la línea misma es difícil. Nadie es corrupto: siempre son los demás. Hay gente que es consultora —no se sabe de qué, pero lo es—. Hay gente que no es corrupta pero maneja agendas que otros no manejamos. Hay quien toma cafés con la directora de la Guardia Civil, o quien entra directamente en cualquier despacho de un LAJ mientras otros tenemos que pedir cita previa. ¿Influencia? ¿Corrupción? Quién sabe. Todo es posible e imposible en España hoy.

¿Qué han hecho otros expresidentes? ¿Cuánto han cobrado por conferencias? ¿Por dar clases? ¿De dónde han sacado dinero para hacerse mansiones en zonas de lujo? Estas preguntas son las que pueden plantearse cuando hay fuego amigo y el embudo sustituye al ventilador, ya atascado de porquería.

Se nos han juntado este mes el fuego amigo y el enemigo, y cada uno trae sus consecuencias: destrucción, daño y un “sálvese quien pueda”.

El fuego del verano nos conduce al fuego del otoño. El fuego enemigo de los bosques terminará, pero el fuego amigo se mantendrá. Aparecerán nuevos focos y otros artefactos que sustituyan al embudo, al ventilador y a la manguera.

El fuego enemigo terminará cuando el verano se rinda. El fuego amigo, en cambio, seguirá encendido mientras la política siga confundiendo lealtad con impunidad y estrategia con supervivencia. No hay cortafuegos para eso. Solo queda la dignidad, que es la última herramienta que no se puede quemar. En septiembre volveremos a mirar el país desde la orilla de la isla, y veremos qué queda en pie.

R

Redacción

Periodista de Menorca al Dia