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"La risa de los guiris"

Un artículo de Jaume Santacana

"Sus carcajadas suelen ser sonoras, estridentes y estrepitosas".
"Sus carcajadas suelen ser sonoras, estridentes y estrepitosas".

Debo confesarles, antes que nada, que no entiendo el o los motivos que inducen a una parte del personal terráqueo a actuar de una manera determinada que, precisamente, ahora mismo me dispongo a intentar relatarles. De manera que, si no les importa, no pretendo ir al fondo de la cuestión (tal como me gusta a mi: profundizar para, luego, resolver) si no, en todo caso, mostrar lo que me parece un fenómeno y, simplemente, comentarlo, sin más, sin entrar en detalles ni buscar causas o justificaciones.

Aclaremos, en primer lugar: se entiende por guiri todo aquel ser que, proveniente de algún lugar situado más arriba de la Península Ibérica y más al este u oeste (normalmente los sureños de raza oscura no juegan en esta división turística) se trasñada a la primitiva España con una serie de sanos objetivos, a saber: remojar—a todo gas , sin dilación y con prisa— su gaznate con todo aquello que huela a mojado y que alcance cifras de alcohol superiores a los 127º; quemar su cuerpo al puto sol —sin trapitos ni cremas que no se puedan beber— hasta que la podredumbre exterior se asemeje, algo, al colapso intestinal o a la perforación total de estómago; gritar con júbilo embarullado su delirium tremens a todo aquel que se le acerque más allá de las cuatro de la madrugada; deglutir lonjitas de mortadela industrial rebozadas como si de carne empanada se tratara; y, en algunos casos (y con todos estos requisitos a cuestas) acabar la noche más festiva asistiendo a un local de copas garraferas del tres al cuarto a una hora más tardía, utilizar el balcón de la 716 como trampolín para ....el salto del águila ecuatoriana y lanzarse, de cabeza —primero al vacío y luego a la parte infantil de la piscina— hasta abrirse el cerebelo y dar por finalizado, así, el curso de su triste vida laboral, familiar y, si cupiese, profesional o universitaria. Para finalizar esta larga definición del término guiri, es necesario añadir el nulo interés del personaje por todo aquello que, no oliendo a alcohol, mantiene un cierto tufo cultural o de una mínima exposición al carácter identitario del país visitado. Me olvido de muchas cosas pero, en fin, más o menos y resumido, es lo que hay.

Me he dedicado tanto a fijar la caracterización básica del guiri que, visto lo visto, casi no me queda espacio para relatar el fenómeno que les había anunciado. Volveré a resumir.

En medio de todos los aspectos que son congénitos a su actuación, el guiri sufre, en su país de origen, un aburrimiento general tal que —”salido” como llega a sus vacaciones en nuestro solar patrio— no piensa en otra cosa que cumplir con sus objetivos, ya citados, y olvidar su mierda de vida en la ciudad donde pasa sus penurias de todo tipo; y además, habitualmente, frío, viento y lluvia. El guiri, antes de ejercer de tal, mata su penosa vida entre nieblas y nubarrones, trabajando como un chino (creo que ya no es políticamente correcta la expresión, pero si se entiende, ya vale...), matando el tiempo con cervezas templadas en su pub y echando un polvo mediocre y mohíno a su mujer, a su vecina o a quién se le ponga por delante, consentidamente, eso sí.

El caso y —ahora sí que me lanzo al tema— es que este tipo de gente, pobres, una vez descendidos (a veces ya borrachos) del avión más low cost posible, no paran de reírse. Sus carcajadas suelen ser sonoras, estridentes y estrepitosas. No sabe, exactamente, los motivos de sus risas destempladas pero no recapacita sobre su postura e, impertérrito, va soltando, a todas horas del día y de la noche, risotadas alborozadas y jaraneras. Lo hace solo, el chaval, pero no te digo nada si se juntan unos cuantos y se sientan a empinar los dos codos en una terraza o en un bar o en un hotel o apartamento turístico o por la calle o por el tunel del Garraf o dónde les apetezca.

La verdad es que estoy hasta el mismo gorro de oír carcajadas en horas intempestivas que no vienen a cuento: es como una risa floja que perdura en el tiempo; es aquella alegría estúpida que, además, se transmite al resto de la manada mientras los porros y las botellas siguen su curso ininterrumpido y eficaz. En algunos casos, son risas agónicas...

Son risas de impotencia, incultura, soledad e ignorancia. Y muerte.

Son risas de un rictus cervecero en una resaca final.

 

R

Redacción

Periodista de Menorca al Dia