Como en Europa vivimos en fase de perplejidad, despiste y buenismo con EE. UU., es momento para parar y reflexionar.
Ya es convencimiento generalizado la existencia deliberada de un proceso abierto de imperialismo presidencial por parte de los Estados Unidos de América. Probablemente porque, de forma más o menos igual, tanto China (con acciones económicas) como Rusia (con acciones de guerra) están en el mismo proceso. China ha invadido comercialmente Europa, pero de forma suave; Rusia está ahí a las puertas, en Ucrania —primero Crimea y después el Donbás—, pero de forma dura; y EE. UU. está en Venezuela y Dinamarca-Groenlandia, por las buenas o por las malas. No sabemos qué hacer con ninguno de los tres, pero menos que con ninguno con uno en particular: EE. UU. El escenario con Norteamérica había sido el de aliado y amigo fuerte, sólido y leal, con Canadá a su ritmo. Esto ya no es así, por ahora. La acción de EE. UU. será, tarde o temprano, repelida por Europa —más nos vale—, porque si no lo hacemos así, no es que tengamos bases americanas, es que podemos tener un presidente gestor de soberanía, además de las bases, en diferentes países: Portugal, España, Hungría, Dinamarca y algún otro.
Una forma de protección —más una tentación que una realidad— es el rechazo antiamericano y el recelo contra el gringo visitante por parte de Europa. No podemos caer en esto. La política exterior de nuestro gobierno es antijudía, proárabe y antigringa. No es una posición de "o blanco o negro", es bastante matizada. El protagonismo internacional que se busca entra dentro del "grandiosismo" y nos excede. Nuestra posición internacional carece de capacidad de influencia. La Alianza de Civilizaciones de Zapatero ha pasado al olvido y la ONU está a punto de pasar a mejor vida. Por lo menos antes servía para hablar y algo para escuchar, pero ahora no hay más que el unilateralismo autista.
Esta imagen molesta y desagradable que nos transmite Trump debe ser también matizada. Trump no es América. A nivel interno es un presidente fuertemente contestado, posiblemente el más contestado desde hace cien años dentro de la Unión por parte de los estados federales. Hay enfrentamientos entre los gobernadores de algunos estados y los alcaldes de algunas grandes ciudades contra el Gobierno federal del presidente. Y voces muy cualificadas recuerdan que los militares han jurado defender la Constitución de los Estados Unidos y a los americanos, pero no al presidente si este no cumple con el "papelito" de la Constitución; además, no se ríen con sus chistes. Oír cómo los propios altos cargos norteamericanos demócratas llaman "fascista" a Trump —con el respeto institucional que existe hacia los presidentes federales— y ver que el voto republicano puede ir unido al demócrata es un ejemplo de cómo están las cosas por dentro.
Un ejemplo es el de un obispo o cardenal que, a la entrada de una iglesia católica, se enfrenta en terrible riña y Evangelio en mano a la policía del ICE (la "migra") para defender el derecho de acogida en suelo sagrado y la prohibición de entrada en la iglesia por derecho de refugio. Es algo que no soñábamos ver en un país que lleva años basándose en el imperio de la ley, pero lo hemos visto.
Obviamente, esto no representa a la mayoría del país, porque la mayoría es la que ha votado como presidente por segunda vez a Trump. Parece que algo bueno tiene Trump, y es que no miente. Si dice que pueden pasar cosas malas en Cuba o en Groenlandia, o que nos movemos en el terreno de "por las buenas o por las malas", hay que tomárselo en serio. Como europeos, a los gringos los hemos tomado como a niños con metralletas y bombas, pero nunca pensamos que esas metralletas y bombas podían apuntar contra Europa, o que tendríamos que llamar a la precaución sobre la defensa interior europea contra un aliado. Era impensable, pero es posible ahora, y nos estamos dando cuenta. Lo que pasa es que, como no queremos aceptarlo, vamos diciéndoles algo así como a los niños: "Oiga, está siendo malo, no queremos esto, lo que queremos es paz y amor". También la protagonista de la película El exorcista era una niña, como los "niños" americanos. Ponte tú a decirle a una niña poseída que sea buena. El buenismo se terminó y hay que llamar al cura para que eche al diablo. Berlanga, en su película Bienvenido, Mister Marshall, lo clavó.
Entonces, como dentro de Estados Unidos hay reacciones bastante fuertes y con discursos claros, no podemos proyectar, por principio de duda razonable, nuestro recelo contra todos los norteamericanos ni contra todos los que nos visitan. Como son como niños —aunque su gobierno está en fase de "poseído"—, son claros en lo que transmiten. Los mensajes políticos gringos tienden a la simplificación de las ideas y se olvidan de las estadísticas para ir al fondo del tema.
Trump está como en la pubertad, como en el estallido de las hormonas. Tradicionalmente, esta fase se aguanta con paciencia por parte de los padres, pero fíate tú de la paciencia con este. Igual lo que le pasa a Trump no es la pubertad intelectual ni el síndrome del "abusón" del colegio, con malas notas y mucho músculo, sino alguna enfermedad rara.
Rufián me divierte con sus discursos; en el último que le escuché llamaba a Trump bully, el niño que hace acoso en los pasillos del instituto.
Pero el tema no es el diagnóstico, sino la medicina. Escuchaba un reportaje en el que se sugería una: dejar de usar el dólar como moneda de referencia y pasar al yen o al euro como moneda de pago del comercio internacional. Y las bases americanas, fuera.
Y aquí en Menorca, pues sí que podemos hacer nuestro pequeño acto de protesta contra el imperialismo antieuropeo y mostrar una cierta firmeza. Aquí todos los años hacemos un Bienvenido, Mister Marshall. Viene la liga naval anglo-americana, quizá un barco gringo, y se monta el homenaje a Farragut. No sé por qué tenemos esta tendencia a buscar héroes internacionales menorquines que no lo son, como Camus o Farragut. Podríamos montar también el homenaje al rey emérito, que venía a comer por los veranos a Fornells, pero esto es otra historia. Menos mal que S’Enclusa, la base americana de Ferreries, ya no tiene quien la habite, aunque el fantasma del "negro" que vivió en el pueblo se conserve. No podemos ir a pintorrearla con grafitis de bote. Baleares ya no importa, ni el Puig Major, pero cualquier día igual llega Trump a la Isla de los Conejos y reivindica la gestión de la galería de arte y del hospital. Nadie se mueve, ni siquiera los militares de alto grado. Solo nos faltaba que Menorca fuera otra vez utilizada como base americana en el Mediterráneo, especialmente el puerto de Maó. Sería la traca final del estreno de la película La batalla de la isla de los conejos y el recuerdo de La guerra de los botones.
Pensando, se me ocurrió una idea dentro de las medidas de oposición posibles a lo que ahora vivimos: además de pagar en euros y dejarnos del dólar, suspendamos, como gesto de identidad europeísta, el acto de homenaje a Farragut. Total, para el caso que nos hace EE. UU. en el protocolo, igual nos da. Quitemos la estatua a la evangelización menorquina de EE. UU. en Monte Toro. Como la CIA ya no está interesada en nosotros, ni se darán cuenta. Subamos la ecotasa un 100 % más a los turistas de nacionalidad gringa. Pero tenemos que aportar algo; que se enteren con estas cosas de nuestra aportación plena, según nuestros medios, en el contexto internacional europeo en la defensa de Groenlandia. No tenemos ya agente de la CIA (falleció de forma natural quien, según la leyenda local, tenía aquí la "casa") y no hay suplentes. No hay americanos jóvenes o aguerridos corriendo por los caminos a las cinco de la mañana, sospechosos. No tenemos, gracias a Dios, "tierras raras" que se sepa, solo turismo, y no llega a turismo "raro" como en Ibiza. Lo más probable es que no se enteren, pero si no nos ocupamos del homenaje al Farragut "falso menorquín", ni lo esperamos, y se lo dejamos a ellos en EE. UU., el gesto pasará a la historia y estaremos reivindicando nuestra posición geoestratégica dentro de la Unión Europea.
No es nada personal; por mí, un gringo puede venir a la isla, pero que se enteren de que con Menorca no se juega. Si viene un portaaviones, ya volvemos a hablar de esto… si eso.
Como todos los días hace o dice algo, Trump se ha convertido en una permanente fuente de inspiración, pero tampoco quiero darle la exclusiva. Hasta aquí llegué con la serie de artículos dedicados al actual presidente de los EE. UU.
