Esta semana nos llega un nuevo susto desagradable. Y, como los anteriores, parece proceder de las mismas manos. Los acontecimientos se encadenan como una inquietante pareja de ases en un juego cuyas reglas desconocemos por completo. No sabemos cómo empieza la partida, ni por qué, ni hacia dónde conduce cada jugada. La mayor parte del mundo, en realidad, ni siquiera alcanza a ver el tablero.
Primera jugada: la muerte de Jameneí en Irán. Segunda jugada: el cierre del estrecho de Ormuz. Consecuencia inmediata: una subida del precio de la gasolina que nos obligará a dejar el coche aparcado o a usarlo como un lujo ocasional.
Muchos recordarán la baraja de póker de la guerra de Irak, aquella que mostraba los rostros de los dirigentes a capturar, como el de Sadam Husein. Hoy asistimos, metafóricamente, a un cambio de baraja en manos de estadounidenses e israelíes. En esta nueva baraja hay dos ases con las fotos de Trump y Netanyahu. No sabemos cómo piensan jugarlos ni si aparecerán nuevas cartas. La de Maduro parece tener ya una cruz encima; la de Jameneí y otros dirigentes iraníes también; y ahora parece que le toca el turno a Díaz-Canel, el cubano.
El «juego» de la guerra se extiende por Ucrania, Gaza, Líbano, Siria, Irán, Estados Unidos, Malta o los países árabes sunitas con bases norteamericanas. Cada cual tendrá su explicación, pero los datos llegan trucados. Solo sabemos lo que nos cuentan los medios, y estos dependen del dinero y de unos inversores finales cuya identidad ignoramos.
El mundo parece haberse convertido en la pelota con la que Chaplin juguetea en El gran dictador. Pero aquel globo era ligero, casi inocente. Este, en cambio, es un tapete de cartas, con mesa, humo y tahúres. Y quienes reparten ahora son Trump y Netanyahu. ¿Están marcadas las cartas? Todo indica que sí, aunque ni siquiera ellos parecen saber adónde conduce la partida. ¿Cuál es el sentido de todo esto? ¿Cómo empezó? ¿Dónde se torció?
Unamuno nos habló de la intrahistoria: lo mínimo que explica lo máximo. El dolor de muelas de Napoleón en Waterloo, por ejemplo. ¿Depende este juego de las filias, fobias o traumas infantiles de Trump o Netanyahu? ¿De información clasificada? ¿De un supuesto derecho divino? ¿De la propaganda? ¿De los muertos útiles de cada barbarie? ¿De décadas de cine bélico de Hollywood? Depende. Todo depende, como cantaba Jarabe de Palo.
¿Por qué Estados Unidos apuesta tan radicalmente por el Israel de Netanyahu? ¿A qué juegan? Esta es la gran cuestión en un momento en que la III Guerra Mundial, que ya intuíamos, se vuelve más visible.
En Gaza, parece que juegan al Monopoly: territorio para la expansión judía y una urbanización turística de primer nivel. Para ello, hay que matar a 40.000 personas. Da igual: son pobres, árabes, y —según el relato— todos eran de Hamás. En Venezuela, el interés es el petróleo y las materias primas. En Irán, para los judíos, hegemonía y exterminio; para los estadounidenses, petróleo y una película de buenos y malos. En Cuba, tres meses sin petróleo y Díaz-Canel obligado a negociar. Quizá la intrahistoria del foco sobre la isla tenga que ver con los antepasados de algún secretario de Trump.
¿De qué depende la próxima jugada? No lo sabemos. En este mundo global, nada es verdad ni mentira: todo depende de quién está detrás del vídeo, del grupo de WhatsApp o de Instagram. Y nadie puede saberlo sin caer en la conspiranoia. El juego es opaco, envuelto en humo de timba nocturna.
No podemos hacer nada. Ni siquiera romper la baraja de los dos ases. Solo mirar y esperar, observando algo que no entendemos pero que esta vez está cerca. Muy cerca. Ya no es lo mismo ver misiles por la tele desde el sillón con una cerveza, como si fuera una película, que ir a la gasolinera y pagar. Eso sí se nota. Esto que vivimos es historia.
A veces la historia se reduce al diálogo entre buenos y malos. ¿Y qué dice la historia? Que los persas crearon un imperio; que resistieron un millón de muertos en su guerra contra Irak; que son chiíes enfrentados a suníes, cristianos y judíos; y que poseen un sustrato religioso que les permite matar y morir sin dudar.
Uno de los grandes inventos de la pandemia fue la capacidad de crear opinión, fantasmas y dirigir a las masas hacia donde se quería. Nos han preparado para esta guerra y para la intervención en Venezuela, encaminándonos hacia la justificación del hecho al margen del derecho. Por mucho que nos dirijan, no debemos perder la libertad.
Con esta baraja ocurrirá lo mismo: se completará con nuevas caras y nos veremos en el valle de las tinieblas durante un tiempo indefinido, sin libertad para ir a la playa en coche por el precio de la gasolina o comprando bocadillos en lugar de empanadillas. La baraja sigue añadiendo cartas al juego de los nuevos tiempos.
