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(Fotos) Así celebra el Carnaval Pitufilandia, la guardería de Santa Anna que confecciona sus disfraces a mano desde 1984

Los disfraces, confeccionados a medida para niños de 0 a 3 años, los realiza el equipo educativo con la implicación de las familias y sin repetir temática año tras año

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En una casita de Santa Anna, en Es Castell, cada Carnaval se cuece con la misma receta desde hace décadas: telas, paciencia, una idea que empieza a rondar la cabeza en septiembre y un equipo que se queda cosiendo cuando la jornada ya ha terminado. La guardería Pitufilandia ha convertido esta fiesta en una seña de identidad que va mucho más allá del disfraz: es tradición, es comunidad y, sobre todo, es oficio.

Para entender de dónde nace esa entrega, desde el Menorcaaldia hemos hablado con Ana Herreras, directora y propietaria de la guardería Pitufilandia. En esa conversación nos cuenta que la historia arranca en 1984, cuando su madre abrió el centro, y que el Carnaval quedó ligado desde entonces a una pasión muy concreta: la costura.

“A mi madre le gustaba mucho coser”, recuerda. Ella hacía los disfraces a mano, escogía telas, tomaba medidas y construía cada detalle con la misma lógica que después heredaría su hija: si se va a hacer, se hace bien.

Cuando su madre enfermó y falleció, Ana se puso al frente del centro con tan solo 19 años y, desde entonces, ha seguido celebrando el Carnaval como una forma de mantenerla presente: cosiendo, midiendo y cuidando cada detalle, tal como lo vivió en casa.

Porque en Pitufilandia lo tienen claro: los disfraces no se compran, se hacen. No es solo por romanticismo, sino también por realidad diaria. Sus alumnos tienen de cero a tres años y, en esas edades, una talla “0–3” no significa gran cosa: un niño de tres años y un bebé de nueve meses no se parecen en nada. Por eso trabajan con patrones y medidas reales, confeccionando cada pieza a medida y para cada aula, con un nivel de detalle que no se queda en la capa o la falda: también hay complementos, tocados y remates para todo el grupo.

Ese trabajo, además, se hace con una doble atención: que quede vistoso y que sea seguro. Ana explica que evitan elementos que puedan resultar peligrosos para niños tan pequeños o que se puedan llevar a la boca.

Incluso el maquillaje se elige pensando en ellos: maquillaje infantil, y si hay alergias, simplemente no se pinta. La experiencia también ha afinado el criterio práctico: lo que “queda mono” no siempre funciona en la vida real. Pelucas que pican, piezas que dan calor, partes que se caen o molestan… todo eso se descarta o se replantea.

La planificación empieza pronto, incluso cuando aún están terminando el disfraz del año en curso. Pero es en septiembre, con las reuniones de cada clase, cuando el Carnaval vuelve a ponerse sobre la mesa y se abre la “lluvia de ideas”. Aquí hay una regla que lo complica y, a la vez, lo alimenta todo: aseguran que nunca han repetido disfraz. No llevan una lista formal, pero tiran de fotos y memoria para descartar lo ya hecho. Esa exigencia les empuja a inventar, pero también les obliga a centrarse siempre en lo mismo: comodidadseguridad, colores que luzcan en grupo y una temática que encaje para niñas y niños.

Este año, el centro se ha inspirado en Caperucita y el lobo feroz. La idea estaba clara, pero la ejecución, como casi siempre, les ha exigido mucho más de lo que parecía al principio. Ana lo resume con una frase que define bien el espíritu del equipo: cada año empiezan diciendo que será “sencillito”, y cada año acaban liándose con un detalle más. Un lazo aquí, un corazón allá, un remate rojo que no estaba previsto… y de repente lo “pequeño” se multiplica por veinte disfraces.

Hubo un obstáculo que se les quedó marcado: la cabeza del lobo. Eligieron un pelo muy grueso, de gran calidad, y se encontraron con que la máquina no podía con él. Tocó coser a mano, rehacer soluciones, tirar de pistola de silicona cuando se podía y buscar alternativas cuando no, porque con niños tan pequeños no todo vale. “Una cosa es tenerlo en la cabeza y otra hacerlo”, admite. Incluso con tutoriales en YouTube, la costura real sigue teniendo su propia ley.

Pero todo ese esfuerzo acaba valiendo la pena. Ana asegura que el resultado les dejó orgullosas y que la respuesta de las familias fue, un año más, el mejor premio. Este curso confeccionaron 24 disfraces9 para el aula de 2 a 3 años, 12 para la de 1 a 2 y 3 para bebés. Y, como siempre, respetan también lo que deciden en casa: si algún bebé no se disfraza, no se fuerza. Porque el Carnaval aquí va de ilusión, no de obligación.

Esa ilusión también se contagia hacia fuera. Las familias colaboran, preguntan y se implican, y no son pocas las que repiten año tras año o llegan por recomendación de gente cercana. A ese vínculo se suma un plus práctico: saben que pueden contar con el centro durante todo el año, también en verano

Ana explica que hace un tiempo probaron organizar talleres de disfraces en el centro, pero no funcionaron por la logística; ahora prefieren que queden por su cuenta, porque así las madres se conocen más y hacen piña.

Este año incluso se animaron padres: alguno se vistió de abuela, otros de leñadores, para acompañar la historia. Y la escena se completa con una costumbre que se resiste a desaparecer: una fotógrafa de toda la vida, de Maó, pasa por el centro para hacer la foto de grupo y, si alguien la pide, también la individual. No es para redes, recalca Ana. Es para guardar el recuerdo, como se hacía antes, cuando esas fotos eran parte de la infancia.

Su plan habitual en Dijous Llarder es salir desde el centro y recorrer Es Castell con los pequeños, siempre acompañados, para acabar en el polideportivo municipal, donde tienen más espacio para la fiesta. Pero este año la jornada fue agridulce: la doble alerta naranja por viento y temporal obligó a ajustar los planes y a renunciar a la rúa tal y como la tenían pensada.

Ana cuenta que recibió una llamada del Ayuntamiento de Es Castell aconsejando que no salieran por seguridad, por riesgo de caída de objetos. La decisión se tomó de forma consensuada, priorizando la seguridad. Incluso barajaron recortar el recorrido, pero la situación fue empeorando y optaron por no exponerse. La propia directora relata que, ya en coche, vieron cómo a un vehículo que circulaba delante le caía una farola cerca de Santa Anna, sin que hubiera heridos. Fue, para ellas, la confirmación de que habían hecho lo correcto, aunque doliera renunciar a la rúa.

“Cada año es diferente”, dice Ana, y lo dice como quien asume que el Carnaval tiene algo de imprevisible: el tiempo, los nervios, las cosas que faltan en el último minuto, esa puntilla que se acaba cuando ya no queda energía. Pero también tiene, en Pitufilandia, algo muy estable: cuatro educadoras que se reparten el trabajo como un equipo, una tradición heredada que se ha convertido en identidad y una forma de hacer las cosas que no depende de catálogos ni de prisas.

En tiempos de pedidos rápidos y genéricos en Internet, ellas siguen apostando por el patrón, la aguja y el “vamos a hacerlo nuestro”. Y quizá por eso, aunque este año no pudieran salir a la calle, el Carnaval de Pitufilandia sigue teniendo lo más difícil de conseguir: que una fiesta sea de verdad una historia compartida.

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Christian Melis

Periodista de Menorca al Dia