Hay momentos en la vida en los que uno deja de preguntarse cuándo será feliz y empieza a preguntarse simplemente si volverá a serlo algún día.
En septiembre de 2025 crucé la puerta de Urgencias después de pasar cinco días sin dormir. Buscaba ayuda. Salí con una medicación que, lejos de devolverme la calma, marcó el comienzo de uno de los periodos más oscuros de mi vida. Durante los seis meses que la tomé sufrí efectos secundarios devastadores. El más cruel fue el deterioro de mi salud mental: desarrollé una ansiedad constante que terminó por convertirme en una persona que apenas reconocía.
Pasé dos meses prácticamente encerrada en casa y metida en la cama. Vivía con miedo. Cada día era una batalla contra mi propia mente. En una ocasión sufrí dos ataques de ansiedad tan intensos que tuvieron que enviar una ambulancia a mi casa después de que perdiera el conocimiento. Me sentía rota. Cansada de médicos, de diagnósticos, de pastillas y, sobre todo, cansada de una vida que ya no sentía como mía.
Y entonces ocurrió algo completamente inesperado.
Una tarde, haciendo ese gesto automático de deslizar vídeos en TikTok para intentar distraerme unos minutos de mi propio sufrimiento, apareció un vídeo del papa Francisco.
No fue un milagro instantáneo. Fue algo mucho más humano y, precisamente por eso, más profundo.
Empecé a escucharle. Un vídeo llevó a otro. Después llegaron entrevistas, homilías y reflexiones. Descubrí que detrás de aquel hombre vestido de blanco había alguien que hablaba menos de normas y más de personas; menos de condena y más de misericordia; menos de religión entendida como obligación y más de compasión, esperanza y dignidad.
Poco a poco, donde antes solo había oscuridad, empezó a entrar algo de luz.
Soy católica, aunque no practicante. No voy a misa con frecuencia. Mi fe siempre había estado ahí, pero dormida. Sin embargo, las palabras del papa Francisco despertaron algo que ni los psiquiatras ni los psicólogos habían conseguido despertar en mí: las ganas de volver a vivir.
No escribo estas líneas para cuestionar la importancia de la medicina ni de la atención psicológica. Al contrario. Ambas son fundamentales y muchas personas recuperan su vida gracias a ellas. Simplemente cuento mi historia. En mi caso, cuando ya no encontraba motivos para seguir avanzando, encontré esperanza en las palabras de un anciano argentino que hablaba al mundo con una sencillez desarmante.
Desde entonces han cambiado muchas cosas.
He aprendido a perdonar a quienes me hicieron daño, no porque olvidara lo ocurrido, sino porque comprendí que vivir encadenada al resentimiento era seguir regalándoles espacio en mi vida.
He aprendido a sonreír a desconocidos.
A dedicar tiempo al voluntariado.
A ayudar a quien lo necesita.
A escribir, porque escribir también cura.
Y a rezar en silencio, sin necesidad de demostrar mi fe a nadie.
No veo al papa Francisco únicamente como el líder de la Iglesia católica. Lo veo como una persona que dedicó su vida a recordarnos algo que demasiadas veces olvidamos: que la ternura también puede cambiar el mundo, que nadie está definitivamente perdido y que siempre existe una posibilidad de volver a empezar.
Algunos encontrarán esa fuerza en un libro. Otros, en una conversación, en un hijo, en un amigo o en un terapeuta. Yo la encontré escuchando a un hombre vestido de blanco que hablaba de esperanza.
No sé si él llegó a imaginar cuántas vidas tocó sin conocer a quienes estaban al otro lado de una pantalla. Lo que sí sé es que una de esas vidas fue la mía.
Y por eso, cada vez que alguien me pregunta qué cambió para que volviera a sonreír, respondo con absoluta sinceridad: un día, cuando creía que ya no quedaba luz, escuché hablar al papa Francisco y empecé a encontrar el camino de vuelta hacia mí misma.
