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"El Papa está de visita en la televisión pública"

Un artículo de Adolfo Alonso

La Policía Nacional custodia uno de los cinco 'papamóviles' que usará León XIV durante su estancia en España. (Imagen: POLICÍA NACIONAL)
La Policía Nacional custodia uno de los cinco 'papamóviles' que usará León XIV durante su estancia en España. (Imagen: POLICÍA NACIONAL)

Abro el ordenador para escribir sobre uno de los nuevos ninots de las Fallas, una tal Leire. Un personaje interesante, producto made in Spain, como lo son las botas de vino. Es nuestro nuevo «pequeño Nicolás». Se une a la galería del museo de cera mediático, despersonalizado, como Koldo lo hizo antes.

Tiempo tendré de escribir sobre ella. Estos personajes aparecen para quedarse en la memoria colectiva, como Los Morancos o Faemino y Cansado. Hoy no puedo, la dejo apartada.

Además de la pantalla del PC, enciendo la televisión estatal. El encargado del programa me explica, en un mapa, por dónde está volando el avión del Papa. Supongo que en estos momentos se encuentra sobre Baleares y ya habrá dejado atrás Córcega. Me explican el modelo de avión en el que viaja, me muestran imágenes de la despedida de autoridades civiles y militares en Italia, y me repiten escenas de personas en España esperando, contentas, esta visita. Es un directo continuo, con un despliegue informativo que va de lo anecdótico a lo macro. Ahí decido que «la pequeña Nicolasa» tendrá que esperar para hablar del Papa, la Iglesia y la televisión pública.

Han cogido ritmo en TVE. Es un ritmo que no entiendo ni bailo, pero que sí escucho, y es muy polifónico, como el folclore de las viejas canciones populares, remasterizado. Como si hubieran hecho un remix de la vieja Iglesia católica. Esto contrasta con la situación actual de las relaciones del Estado con Israel y la comunidad judía.

Trump no consigue esto, ni tampoco Rosalía, Madonna o Bad Bunny. En el mundo islámico, los chiíes alcanzan cuotas de audiencia, pero por otros motivos; y ni el Dalái Lama ni ningún rabino se acercan a una mínima parte de esta atención.

Es para pensarlo. Mi reflexión de hoy nace de lo que veo: la fuerza en la calle de la Iglesia católica, una Iglesia joven, de chicos y chicas que parecen tener plenamente interiorizada una religiosidad activa.

La cultura católica en España ha pasado por momentos difíciles, pero no ha sido reducida ni borrada. Ciertamente, el nacionalcatolicismo franquista fue un error de la Iglesia, igual que lo fue buena parte del siglo XX con su intolerancia y fanatismo. Pero ha habido dos rupturas que hicieron olvidar el dogma de la Inmaculada Concepción de María: el Concilio Vaticano II y la burbuja oculta de los casos de abusos sexuales. El primero hizo estallar la posición de la Iglesia en el mundo respecto a los fieles; el segundo fue una bofetada moral interna que la llevó a los infiernos.

La Iglesia entró entonces en un proceso de introversión y retirada social. También de envejecimiento de los fieles y de una drástica reducción de vocaciones en los seminarios diocesanos. Sin embargo, los retiros espirituales —una técnica clásica de la Iglesia para el reencuentro y el cambio— han permitido que estos años de repliegue generen las condiciones para una religiosidad familiar, educativa y consciente.

Se ha consolidado una sociedad civil laica con una fuerte corriente subterránea católica, mantenida por los colegios y las iglesias escolares. Es muy difícil que la Iglesia tome determinadas decisiones de cambio, pero el debate existe y es abierto, y eso ya es un paso. La búsqueda de soluciones avanza con «zapatillas de terciopelo».

Las imágenes muestran una Iglesia joven, rejuvenecida, internacional, africana, latina, moderna, en la que los modelos tradicionales europeos —el español, el irlandés o el polaco— quedan relegados. Una Iglesia capaz de movilizar a millones de personas para asistir a los actos, o de organizar a miles de voluntarios en un esfuerzo de comunidad absoluta.

El hábito negro del cura ya no es tan rígido como antes. Tampoco la estética clerical ni la tonsura de los curas jóvenes. No es raro verles con melena, barba y jeans. No todo es teología: también hay psicología en el sacramento de la confesión. La enseñanza concertada ha sido un instrumento aprovechado por la Iglesia, especialmente por el Opus Dei, para crear un entramado de doctrina discreta y evolución privada.

Pero se ha escapado del control la evolución de las órdenes religiosas no diocesanas. Y ha sido imparable el movimiento de incorporación de la mujer a los actos de culto y a la gestión institucional. Las órdenes femeninas y la constancia de las feligresas mantienen viva la actividad. En las parroquias de pueblo donde faltan curas para rezar el rosario o dar la comunión, ellas siguen cada día a las siete de la tarde, aunque sean solo siete: setenta veces siete, como dice la Biblia.

Todo esto permite afirmar que España no ha dejado de ser católica. Sin embargo, los impuestos los pagan todos los españoles, sea cual sea su fe o su ateísmo. Por eso, desde la aconfesionalidad del Estado y desde la sociedad laica —de la que forman parte todas las confesiones— no puedo estar de acuerdo con este despliegue de la televisión pública. Me parece discriminatorio e injusto con quienes pagan impuestos y no son católicos.

A ver si ahora, a la «prioridad nacional», debemos añadir la «prioridad católica». No entiendo que el Canal 24 Horas lleve días con un seguimiento exhaustivo de los preparativos del viaje, dirigiendo la información hacia un punto concreto.

No diría nada si Radio María, la COPE o cualquier canal de la Iglesia se concentrara en ello. Pero sí lo digo respecto a la televisión pública. Me parece un seguimiento arbitrario, orientado a una rentabilidad política de imagen internacional para España, en un contexto de conflictos donde parece alinearse con la posición del Vaticano.

Sea lo que sea, este viaje del Papa se ha presentado de manera distinta a otros y ha revelado un hecho silencioso. A partir de hoy veremos una manifestación de fuerza: la presencia rejuvenecida y potenciada de la Iglesia en España, su implantación familiar y social, su dimensión comunitaria y su resurrección tras haber pasado por el valle de las tinieblas.

Quien afirmó que España había dejado de ser católica se equivocó. Casi acierte, pero la historia no le dará esta semana la razón.

R

Redacción

Periodista de Menorca al Dia