La oralidad ha acompañado al ser humano desde que descubrió que la voz podía ser puente, arma o refugio. Exámenes orales, exposiciones, presentaciones: pequeñas ceremonias donde la palabra se sostiene a sí misma sin más soporte que el aire que la transporta. En la vida profesional, sin embargo, la palabra hablada siempre ha sido un territorio menor, un espacio reservado a reuniones discretas o consultas de despacho, mientras los informes —los verdaderos, los que pesan— se escriben, se rubrican y se archivan.
Pero esta semana algo ha cambiado. Ha irrumpido en escena una criatura extraña: los “informes de consultoría política orales”, remunerados con generosidad manual o bancaria, pactados en voz baja, entregados sin papel ni tinta, como si fueran susurros alquilados. Un producto del “mundo en su límite”, donde la frontera entre lo real y lo conveniente se vuelve bruma.
ZP, en su particular semana de pasión, se aferra a la oralidad como quien se aferra a un romanticismo ya marchito. Porque aceptar un informe oral exige fe en la improvisación, en la palabra que se evapora, en la sabiduría que no deja huella. Pero el romanticismo se nos quedó lejos; hoy mandan el racionalismo, el existencialismo y la deconstrucción. Y un informe oral, en este tiempo de sospechas, es apenas aire: aire caro, aire sospechoso, aire que huele a otra cosa.
Las tarifas, dicen, rozan lo excesivo. Y las joyas —esas joyas que aparecen como personajes secundarios de una novela policial— no ayudan a disipar la sombra. Ojalá las facturas y los testigos aparezcan, ojalá los regalos tengan dueño y sentido. Porque, mientras tanto, la imaginación une puntos que quizá no deberían unirse. Y la sombra de esos informes orales amenaza con tragarse incluso a quienes nada tienen que ver, como las hijas del expresidente, arrastradas por la corriente mediática.
¿Qué trabajo se hizo? ¿Qué resultado tuvo? ¿Qué utilidad posee un informe que no puede mostrarse, ni ratificarse, ni siquiera demostrarse? Si existió, solo sirvió para cobrarlo. Y mientras esperamos pruebas, testigos y certezas, se multiplican las acusaciones, las defensas improvisadas y los silencios estratégicos.
Zapatero ha cometido torpezas. El vídeo desde el jardín de una casona de lujo, la rueda de prensa anunciada y nunca celebrada, la visita al juzgado antes que al país. Torpezas que pesan más que cualquier informe. Y, sin embargo, su defensa parece más razonable que la que despliega el presidente en favor de su esposa, o la que ella misma intenta sostener.
Hay cosas que un presidente —o un expresidente— no puede permitirse. No puede refugiarse en el derecho a no declarar si proclama no tener nada que ocultar. No puede usar privilegios de transporte para entrar por puertas que otros no pisan. La ley es igual para todos, aunque la ética no lo sea. Y cuando la ética se pone a prueba, algunos la honran y otros la olvidan.
Todo esto suena a estrambote, a epílogo innecesario en una vida que podría haberse sostenido con medios más limpios y más controlables. La lista de condenados por corrupción crece como una herida que no cierra, y cada nuevo caso es un golpe a la democracia, un recordatorio de que la podredumbre avanza más rápido que la justicia.
Trump celebra fiestas que no son corrupción; otros celebran otras que sí lo son. La doble vara es universal. Y Zapatero, atrapado en la sombra de los informes orales, no ha logrado escapar. El juez se lo recordó con claridad.
Los juzgados viven de informes escritos y ratificaciones orales, no al revés.
Hay políticos discretos, silenciosos, casi invisibles, que deberían entender que hay líneas que, una vez cruzadas, exigen dimisión y depuración. La discreción es una forma de ser “fontanero” y no me gusta en los parlamentarios.
Entre ellas, esta: la de los informes orales retribuidos y cazados.
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