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"La bacanal que no cesa"

Un artículo de Miguel Lázaro

"Muchos críticos sostienen que el liderazgo de Pedro Sánchez puede interpretarse desde esta perspectiva metafórica".
"Muchos críticos sostienen que el liderazgo de Pedro Sánchez puede interpretarse desde esta perspectiva metafórica".

En psicoanálisis existe una distinción especialmente sugerente entre el placer y el goce. El placer tiene límites: busca el bienestar, la satisfacción y, una vez alcanzados, se detiene. El goce, por el contrario, rompe esa lógica. Es una búsqueda que no conoce saciedad. No persigue únicamente un beneficio, sino la repetición compulsiva de una determinada forma de actuar, incluso cuando sus consecuencias resultan perjudiciales para uno mismo o para los demás. Sin trasladar este concepto al terreno clínico, puede utilizarse como una poderosa metáfora para analizar determinados estilos de liderazgo político. Cuando un gobernante acumula poder, lo razonable sería pensar que ese poder se emplea para alcanzar objetivos concretos: mejorar la economía, fortalecer las instituciones, resolver conflictos o impulsar reformas.

Ese sería el equivalente político del placer: obtener un resultado y detenerse cuando el interés general así lo aconseja.

Sin embargo, hay ocasiones en las que parece imponerse otra lógica. La conservación del poder deja de ser un medio para convertirse en un fin en sí mismo. Cada concesión conduce a otra, cada cambio de criterio exige uno nuevo, cada límite institucional se interpreta como un obstáculo que debe superarse. La política deja entonces de estar orientada por un proyecto y pasa a girar alrededor de la propia dinámica del poder.

Muchos críticos sostienen que el liderazgo de Pedro Sánchez puede interpretarse desde esta perspectiva metafórica. No sería únicamente la voluntad de permanecer en el Gobierno, algo legítimo en cualquier democracia, sino una tendencia a convertir esa permanencia en el criterio que subordina cualquier otra consideración. Desde esa lectura, los cambios de posición, los pactos con fuerzas anteriormente rechazadas, la utilización intensiva del decreto-ley, la confrontación constante o las tensiones con diversos contrapoderes responderían a una lógica en la que el ejercicio del poder parece adquirir un valor por sí mismo.

El filósofo francés Michel Foucault explicó que el poder no solo se posee: también produce dinámicas que tienden a reproducirse. El poder genera incentivos para ampliarse, consolidarse y resistirse a cualquier limitación. Por su parte, el psicoanalista Jacques Lacan describió el goce como aquello que empuja al sujeto más allá del principio del placer, hacia una satisfacción paradójica que no encuentra descanso.

No se trata, naturalmente, de afirmar que un dirigente político responda a un mecanismo psicológico determinado. Nadie puede diagnosticar a una persona desde la distancia. Pero sí puede resultar útil preguntarse si algunos comportamientos políticos se asemejan a esa lógica de repetición descrita por el psicoanálisis. Cuando la prioridad deja de ser el contenido de las políticas para convertirse en la supervivencia política; cuando las instituciones pasan a contemplarse principalmente como instrumentos y no como límites; cuando el cambio permanente de posición deja de generar coste porque el único criterio es conservar el poder, la democracia entra en una zona de desgaste.

Toda democracia necesita líderes ambiciosos. Lo que no puede permitirse es que la ambición sustituya al servicio público. El poder democrático siempre debe entenderse como un medio, nunca como un fin. Porque cuando el ejercicio del poder deja de estar al servicio de los ciudadanos y empieza a alimentarse de sí mismo, la política corre el riesgo de abandonar el terreno del interés general para entrar en la lógica de la compulsión.

La gran fortaleza de una democracia no reside únicamente en que existan elecciones periódicas. Reside, sobre todo, en que quienes gobiernan acepten que existen límites, contrapesos y principios que valen más que su propia continuidad. Cuando esos límites se relativizan, la cuestión deja de ser ideológica y pasa a ser institucional. Y es precisamente ahí donde la diferencia entre el placer y el goce ofrece una metáfora especialmente sugerente: el placer sabe cuándo detenerse; el goce, por definición, nunca considera suficiente el poder que ya posee.

¡Ya saben, es el goce estúpido!

En derrota transitoria pero nunca en doma

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Redacción

Periodista de Menorca al Dia