Hay documentos que no solo se leen: se respiran. Magnifica Humanitas, la primera encíclica del Papa León XIV, es uno de ellos. Tiene ese aroma a brisa marina que llega desde el Mediterráneo —ese mismo mar que ha visto nacer culturas, fe y pensamiento— y que nos recuerda que la dignidad humana es siempre el punto de partida y el punto de llegada.
La encíclica no es un tratado técnico sobre inteligencia artificial. Es, más bien, una llamada a la conciencia, una invitación a preguntarnos qué significa seguir siendo humanos cuando las máquinas aprenden, predicen y deciden cada vez más rápido. Como dice el Papa: “La técnica revela lo que somos, pero también lo que podemos llegar a olvidar”.
Y ahí empieza el viaje.
La mirada desde Menorca, como espacio mediterráneo, nos lleva a primar por ahora la humanidad antes que la eficiencia. Por eso Menorca se ha convertido en una frontera, en un espacio que mira al mundo manteniendo su esencia y la esencia del ser humano, aún.
En nuestras tierras, donde la vida se conversa en plazas, mercados y cafés, sabemos que la persona vale más que cualquier cálculo. La Doctrina Social de la Iglesia lleva más de un siglo repitiéndolo: la dignidad humana es inviolable, el bien común es tarea de todos, y la técnica debe servir a la persona, no al revés.
Magnifica Humanitas retoma ese hilo y lo actualiza para el siglo XXI. Frente a la fascinación por la IA, el Papa nos recuerda que la inteligencia artificial no tiene corazón y, por tanto, no puede sustituir a la compasión; no tiene cuerpo y, por lo tanto, no puede comprender la fragilidad humana; no tiene memoria moral y, por lo tanto, no puede discernir el bien del mal.
La encíclica no demoniza la tecnología; la sitúa en su lugar. Como decía Rerum Novarum, “la técnica es buena cuando sirve al hombre”. Hoy, León XIV añade: “La IA es justa cuando custodia lo humano”.
La Doctrina Social de la Iglesia, junto con la masonería y el socialismo filosófico atenuado y adaptado al siglo XXI, son un faro para tiempos digitales que confluyen en el encuentro filosófico esencial sobre la dignidad del ser humano.
La Doctrina Social de la Iglesia siempre ha surgido en momentos de cambio profundo:
- Rerum Novarum, ante la Revolución Industrial.
- Pacem in Terris, ante la amenaza nuclear.
- Laudato si’, ante la crisis ecológica.
Hoy, Magnifica Humanitas aparece ante la revolución digital y algorítmica.
Los grandes principios siguen siendo los mismos —libertad, igualdad, fraternidad, tolerancia—, pero ahora iluminan nuevos desafíos:
- Dignidad humana: ¿Qué pasa cuando un algoritmo decide si accedemos a un empleo o a un crédito?
- Bien común: ¿Quién controla los datos que generan nuestras vidas?
- Solidaridad: ¿Qué ocurre con quienes quedan excluidos de la tecnología?
- Subsidiariedad: ¿Cómo evitar que unas pocas empresas decidan por todos?
- Justicia social: ¿Qué futuro tiene el trabajo humano en un mundo automatizado?
La encíclica no ofrece respuestas cerradas, pero sí un criterio firme: “La persona humana no es un dato: es un misterio que merece ser custodiado”. A esto podrían añadirse los principios socialistas y los principios masónicos: la persona humana es una creación plena de dignidad y de libertad, miembros todos de una única especie que ha de encontrarse a sí misma en su dimensión espiritual y social, y en su relación con el Gran Arquitecto del Universo, Dios.
Ante estos retos humanos, la IA se nos revela inhumana, por ahora subordinada al hombre; pero cada vez más la inteligencia natural —la que nos hace maravillosamente diferentes y libres— es sustituida en la toma de decisiones de todo tipo o en la formación de los estudiantes por los textos que nos genera la IA. La IA no forma parte del imperativo categórico.
Uno de los pasajes más bellos de la encíclica es la contraposición entre dos ciudades bíblicas:
- Babel: símbolo de la técnica sin alma, del poder que se eleva sin escuchar.
- Jerusalén: símbolo de la comunión, de la justicia y de la paz.
El Papa nos invita a elegir cada día entre construir torres o construir puentes. Entre algoritmos que vigilan y algoritmos que acompañan. Entre tecnologías que controlan y tecnologías que liberan.
Esta encíclica forma parte de la lucha por la resistencia que, desde el interior de cada hombre y desde esta isla de Menorca como símbolo de límite, y a poc a poc, cada uno de nosotros debemos ejercer frente al límite en que nos encontramos, desde nuestra vida cotidiana.
Basta con ser humano para entender la encíclica. Es comprensible por todos:
- Cuando una aplicación nos roba tiempo de estar con los nuestros.
- Cuando un algoritmo nos encierra en burbujas de opinión.
- Cuando la tecnología nos hace olvidar que el otro es un rostro, no un perfil.
Ahí es donde Magnifica Humanitas nos toca. Ahí es donde la Doctrina Social de la Iglesia se vuelve carne. Donde se hace una con la masonería y con el socialismo filosófico tenue. Donde la doctrina de las órdenes religiosas católicas o los sufíes, y especialmente los jesuitas con su apuesta por la “teología de la liberación”, se identifican en una conclusión: custodiar lo humano, juntos.
En el Mediterráneo sabemos que el mar une más de lo que separa. La encíclica nos invita a lo mismo: a unirnos para custodiar la dignidad humana en tiempos de IA.
No se trata de frenar el progreso, sino de orientarlo. No se trata de temer a la tecnología, sino de humanizarla. No se trata de volver al pasado, sino de construir un futuro donde nadie quede atrás.
Como dice el Papa: “La humanidad es magnífica cuando se reconoce frágil y, aun así, elige amar”.
