"Pensar desde la orilla"

Un artículo de Adolfo Alonso

(Foto: PIXABAY)
(Foto: PIXABAY)

Menorca tiene seny, una palabra catalana sin equivalente exacto en castellano. Reúne sensatez, serenidad, educación y una forma propia de estar en el mundo. No digo que sea una isla fácil; es una isla encantada, habitada por sirenas cuyo canto atrae a los navegantes que llegamos para naufragar —o renacer— en sus orillas. La búsqueda de Ítaca o de Camelot pasa por este lugar, por este Mediterráneo en estado puro; el viaje al que migramos, temporal o permanentemente, todos los seres vivientes.

Pero no todo es canto de sirenas ni naufragios. Al contrario: Menorca invita a la introspección y a la creatividad. Como refugio y como lente, está presente en la obra de escritores, músicos, pintores, artesanos y artistas de todo tipo. Pensar o crear desde su orilla infunde un tono reflexivo, crítico y humanista para observar el mundo desde la ética y la política. Fuera de estas cuatro orillas no se encuentra el mismo paisaje interior. La lucidez nace de estos paseos, de estas playas, de estos acantilados, de este cielo.

La isla es como un barco flotando en medio del Mediterráneo, entre Francia y Argelia, cerca de Cerdeña, navegando hacia cualquier lugar del planeta y de la historia. Casi un portaaviones: con el puente de mando en el Monte Toro y la pista de aterrizaje en Sant Climent. Es una cubierta batida por el mar y los vientos.

Aquí pensamos desde el litoral, desde los camarotes del barco, desde la calma de una buena singladura en tiempos de mare apertus. Pensamos desde los delfines, las aves migratorias, las salinas, las piedras de las atalayas y el universo; desde las estrellas que juegan con la orientación de las taulas, los talayots y los hipogeos. No vivimos en un paraíso perfecto, tampoco en la Arcadia feliz que algunos imaginan desde fuera. Yo diría que allí se pierde la vida mientras que aquí se gana, porque no forzamos los biorritmos de la tierra ni los nuestros interiores.

Comprendo las críticas a la isla y sus problemas; no soy un ingenuo romántico. Menorca necesita reinventarse una vez más, con el ritmo del a poc a poc. Si buscas en la ribera encuentras la energía geológica y social de la isla, que nos regala la oportunidad de pensar no solo aquí, sino más allá: donde queramos y lo que queramos, desde la libertad de la creación. Incluso redescubrirnos, como si llegáramos al frontispicio del templo de Delfos y a su inscripción “Gnothi seauton” —conócete a ti mismo— sin movernos de aquí.

Desde esta orilla podemos intuir un país que nos duele: una democracia fatigada, un ciudadano insatisfecho, una verdad sitiada. Aquí se puede practicar una ética para tiempos turbios, una política como espejo moral, y colocar a España en el diván. Desde la orilla menorquina, a poc a poc, escribo crónicas de un tiempo inquieto: tenemos una patria moral para ello. Y desde su invierno, tocamos el viento del norte, la conciencia, el Mediterráneo y la tormenta.

Debemos pensar Menorca. Quizá sea el momento de devolverle la energía que siempre nos ha dado. Analizar cómo queremos que se desarrolle la economía; qué ideas o negocios impulsar; cómo apostar por un turismo diferente; cómo bajar el coste de la vida; cómo crear vivienda asequible o gestionar mejor el agua. Todo ello sin perder el diálogo íntimo con nuestro borde, símbolo de permanencia.

La isla también tiene sus sombras. Vemos la política del barro como algo que nos salpica. Vivimos en una sociedad paralela, aislada por naturaleza de polémicas y ritmos excesivos. Quizá por eso nuestros jóvenes, que necesitan más velocidad vital, se marchan a Fort-de-l'Eau, a la Florida o a Nuevo México, a donde la vida les llame. Menorca no es isla de jóvenes. Como en las Sonatas de Valle-Inclán, aquí faltan la sonata de primavera y la de verano. Joan, Jordi, Joana o Lali viven fuera las estaciones rápidas, pero siempre regresan en el tiempo de las sonatas de otoño y de invierno. Porque la isla se lleva dentro y llama de vuelta, como los círculos de caballos al son de la música repetida de las bandas de música de los jaleos.

Desde este "punto y seguido" al mar que somos, se ve la guerra de Irán, el sionismo, la política populista, la corrupción, la posverdad, la inteligencia artificial y los cambios del siglo XXI. Pero se ven en azul marino y con otra luz. Ni esta posición ni este color debemos perderlos en los conflictos internos o en la visión del mundo exterior que nos ha tocado vivir.

Creo que es hora de reconocer una sociedad bilingüe e idiomáticamente igualitaria; una sociedad que debe evolucionar en servicios y en comunicaciones, crecer con cuidado y enriquecerse. Que debe reaccionar a los claros intentos de marginación central. Una sociedad mestiza, sea cual sea el idioma que se hable; una sociedad conectada al mundo pero con personalidad y voz propia, incluso dentro de las Islas Baleares.

Menorca es una sociedad de frontera marina como colectivo. Es una oportunidad para quien sepa verlo, que debe hacer una introspección sin miedo en el conocimiento de sí misma dentro del siglo XXI.

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Jordi Ribera

Periodista de Menorca al Dia