"Volver a vivir: una política que empiece por lo esencial"

Un artículo de Adolfo Alonso

Llega un periodo electoral y sería un buen momento para iniciar otra etapa política en cuanto a la forma de relacionarse entre los partidos.
Llega un periodo electoral y sería un buen momento para iniciar otra etapa política en cuanto a la forma de relacionarse entre los partidos.

Estamos en puertas de elecciones. Aún parecen lejanas, pero avanzamos. Y, como sucede cada cierto tiempo en la vida de una comunidad, la política deja de ser un ruido abstracto y vuelve a tocar la piel a un porcentaje de ciudadanos superior al 50 %.

Cuando ese momento llega, los ciudadanos empiezan a hacerse preguntas sencillas y, por eso mismo, sus respuestas son decisivas: ¿Puedo caminar bien por mi ciudad? ¿Tengo tiempo para vivir? ¿Nos escuchamos? ¿Nos cuidamos? ¿Estamos construyendo un lugar donde valga la pena quedarse? ¿Qué isla queremos para nuestros hijos y nietos?

Llegar a Menorca, escapando del cartel turístico de aguas turquesas y calas vírgenes, es sentirse Ulises. Una odisea hacia Ítaca sin saber si Penélope espera o si la única habitante de la isla será la soledad.

Y entonces surge la pregunta de siempre, la que vuelve con fuerza en cada ciclo electoral: ¿Qué han hecho los políticos por nosotros estos últimos años?

En este punto, lo macro se difumina. Nos importa menos, aunque nos afecte el precio de la comida, del agua, de la luz, de la gasolina o de la vivienda por guerras que no hemos elegido. Lo que realmente nos inquieta es lo cercano: la vida cotidiana, la que se toca con las manos.

La puerta es la de las elecciones al Consell Insular, al Parlamento Balear y a los ayuntamientos. Es tiempo de pensar y de decir, pero ya desde ahora. Porque la inactividad de planteamiento político para la isla de estos últimos tres años ha sido evidente, tanto desde el Consell Insular como desde el Gobierno autonómico de Palma. No votemos aquí como si estuviéramos en la Península o por lo que se dice en la Península.

En estos últimos tres años he escrito de política como si fuera un tablero: bloques, titulares, coreografías. Pero también he escrito del mundo interior, de lo humano, de España y de Menorca, de perfiles espirituales y éticos. Hoy están dando forma a un libro que voy a publicar. Desde esta orilla privilegiada vemos el mundo en su dimensión poliédrica, cubista, surrealista. Sin embargo, cuando se acercan elecciones autonómicas y locales, hay que descender a la política real: la que transforma y gestiona lo inmediato.

Ese descenso no ocurre desde los parlamentos estatales ni supranacionales, ni en los platós, ni en las tertulias. Ocurre en la vida diaria: en cómo respiramos, en cómo nos movemos, en cómo nos tratamos, en cómo envejecemos, en cómo educamos a nuestros hijos, en cómo acompañamos a quienes están solos.

La soledad social es una tragedia silenciosa. Un fracaso emocional colectivo. Un despilfarro del talento y la memoria de nuestros mayores. Nacemos, trabajamos, nos jubilamos, nos quedamos solos y nos vamos. Y a esta vida, el liberalismo salvaje no sabe responder. Esto debe ser un eje fundamental en nuestra política. La política empieza en lo esencial. Y lo esencial, hoy, está herido.

Lo sé porque lo veo cada día en mi trabajo como abogado de familia. Veo rupturas que no son solo de pareja, sino de vínculos. Veo soledades que no son individuales, sino estructurales. Veo familias exhaustas. Jóvenes sin horizonte. Mayores sin compañía. Veo a quienes se marchan porque aquí no encuentran universidad ni futuro. Veo conflictos que podrían evitarse si la comunidad estuviera más presente, más viva, más humana. Pero nos hemos despersonalizado. Vivimos en una tecnocracia social, impersonal, con una justicia convertida en un departamento administrativo que ha olvidado su esencia.

La política social y los juzgados no son un departamento del "Castillo Kafkiano"; son el corazón de una sociedad que quiere seguir siéndolo. Y, sin embargo, todos sabemos que existe otra manera de estar en el mundo. Una manera más humana, más equilibrada, más mediterránea. No hablo de nostalgia. Hablo de futuro.

Hablo de territorios donde la calidad de vida sea un derecho. Donde la vivienda sea un hogar. Donde la conciliación sea posible. Donde la soledad sea una llamada a la comunidad. Donde la cultura sea tejido. Donde la educación sea brújula. Donde la convivencia sea práctica diaria. Porque sí: hacer política es cuidar la vida de los ciudadanos.

Cuidar es escuchar antes de hablar. Entender antes de decidir. Construir antes de confrontar. Poner la vida cotidiana en el centro, sea cual sea la ideología. No necesitamos grandes discursos ni tensiones. Necesitamos miradas largas y manos cercanas. Necesitamos recordar que gobernar es ordenar el territorio —ese bien escaso— para que la vida florezca. Que la movilidad es libertad. Que la vivienda es dignidad. Que la cultura es identidad. Que el espacio público es democracia. Que el bienestar emocional es política pública. Que la comunidad es la mejor infraestructura que existe. Que hay que proteger a la comunidad de los riesgos exteriores de masificación y lujo.

No se trata de inventar un modelo nuevo. Se trata de recordar quiénes somos. Somos mediterráneos. Somos proximidad. Somos luz. Somos conversación a la orilla del mar y tertulia en las noches de verano. Somos equilibrio. Somos comunidad.

Escribo en Pésaj, la fiesta judía de la libertad, la que recuerda la salida de Egipto de la comunidad judía y el camino hacia la luz interior. Esa luz que solo tiene sentido si se comparte. El Mediterráneo —y especialmente Menorca— nos ofrece esa luz. Debemos aprovecharla en estas elecciones. Invoco ese sentimiento para que vuelva a la conciencia. Ese patrimonio cultural, emocional y humano es hoy nuestra mayor fuerza política.

Creo que ha llegado el momento de abrir una conversación distinta. Una conversación que nazca en las personas y que los partidos sepan escuchar. Que no divida, sino que reúna. Que permita elaborar propuestas desde cada ideología, sin renunciar a ella, pero sin excluir a otra, sin silenciar las necesidades reales ni servir a intereses o ambiciones personales ni particulares.

Menorca es de todos, no solo de quienes tienen más. No podemos dejarnos deslumbrar por el brillo del oro ni permitir que la riqueza nos marque el paso. He aprendido que quienes más tienen, más quieren tener, ubicados desde un individualismo insolidario y un compromiso ficticio. Y que quienes menos tienen, más solidarios son. La antigua clase obrera dejó valores de comunidad que hoy siguen vivos, aunque atacados por el espejismo del lujo para todos. La realidad demuestra que ese espejismo no es cierto. Y, además, ni es necesario para lo esencial de la vida humana que propongo.

Necesitamos una conversación colectiva —no un enfrentamiento personal— sobre cómo queremos vivir los próximos años. Qué isla queremos dejar. Qué comunidad queremos ser. Cómo queremos irnos.

No traigo respuestas cerradas. Traigo una intención: volver a vivir con sentido. A esta lucha me uno en las próximas elecciones, desde mi ideología —que considero la mejor, con autocrítica y apertura— y junto a las personas con las que trabajo y me identifico. No descalifico a quienes piensan distinto; debatiré con ellos. Personas útiles y tolerantes hay en todas partes. El PSOE insular ha hecho los deberes, con nuevos liderazgos sin perder los valores de personas anteriores, pero necesita tender puentes hacia el centro y no encastillarse en una izquierda disgregada como agarre de gobierno. El PP tiene también algunas personas de recorrido interesantes para liderar su debate electoral, pero no va bien porque no los utiliza. Los ensombrece bajo soles de poder institucional efímeros y nublados que no han servido para liderar.

Hagamos la cadena de unión que engrana a personas diferentes y honestas en un objetivo común: nuestra Menorca. Tenemos un reto por delante. Estoy seguro de que sabremos afrontarlo como comunidad. Es momento de comenzar.

R

Redacción

Periodista de Menorca al Dia