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"Cuando la amistad es sincera"

Un artículo de Beatriz Vilas

"Las relaciones, que deberían ser nuestro refugio, a veces se convierten en el campo de batalla más delicado de nuestra vida".
"Las relaciones, que deberían ser nuestro refugio, a veces se convierten en el campo de batalla más delicado de nuestra vida".

Vivimos tiempos complejos.

Matrimonios que no duran.

Amigos que se distancian porque no fueron invitados a un evento.

Familiares que dejan de hablarse por un comentario desafortunado en una comida de Navidad.

Las relaciones, que deberían ser nuestro refugio, a veces se convierten en el campo de batalla más delicado de nuestra vida.

Y, sin embargo, creo profundamente que nuestras relaciones no son casuales. Son el entrenamiento perfecto que la vida nos pone delante para cumplir nuestra verdadera misión: aprender a amarnos.

Porque en la forma en que nos relacionamos se revela quiénes somos de verdad.Un compañero de trabajo puede sacar nuestra generosidad… o nuestro ego.Un familiar puede activar nuestra paciencia… o nuestras heridas no resueltas.Un amigo puede convertirse en espejo de nuestra luz… o de nuestras sombras.

Las relaciones nos muestran. Nos desnudan. Nos enseñan.

Pero, de vez en cuando, sucede algo extraordinario.

Aparecen personas que no solo nos acompañan, sino que nos tocan el alma.

Y lo sabemos desde el primer instante.

No hay esfuerzo.

No hay estrategia.

No hay necesidad de impresionar.

Simplemente hay reconocimiento.

Es esa sensación profunda de que esa amistad no empezó en esta vida. Como si nuestras almas ya se conocieran y simplemente se hubieran vuelto a encontrar.

Con esas personas no importa el tiempo que pase sin vernos. Pueden transcurrir meses o años, y cuando volvemos a coincidir, todo fluye como si la última conversación hubiese sido ayer.

No importa la edad.

No importa el sexo.

No importa el tipo de vínculo.

Lo que importa es la paz.

Con ellas podemos ser quienes somos realmente. Sin máscaras. Sin filtros. Sin miedo a ser juzgados. Sin necesidad de aparentar fortaleza cuando estamos rotos.

Son esas personas que aparecen cuando más lo necesitamos.

Que nos sostienen cuando todo parece tambalearse.

Que nos recuerdan quiénes somos cuando lo hemos olvidado.

Y que, en los momentos de luz, se sientan a nuestro lado simplemente para reír y celebrar la vida.

No presionan.

No exigen.

No reclaman.

No aman desde la necesidad.

Aman desde la esencia.

Muchas veces, con ellas sobran las palabras. Su mera presencia ordena el caos interior. Nos devuelve al centro. Nos devuelve a casa.

En un mundo donde las relaciones a veces parecen frágiles, superficiales o condicionadas por expectativas, estas amistades sinceras son un regalo. Nos enseñan que el amor verdadero no es posesión ni intercambio, sino libertad.

Quizá por eso, cuando encontramos una amistad así, sabemos que no es casualidad.

Es propósito.

Es aprendizaje.

Es eternidad.

Y entonces comprendemos que la amistad sincera no se construye con grandes promesas, sino con presencia auténtica.

Y que, al final, amar y dejarnos amar sin condiciones es el verdadero éxito de una vida.

R

Redacción

Periodista de Menorca al Dia