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"Cuando todo el mundo te habla mal... ¿seguro que son los demás?"

Un artículo de Beatriz Vilas

"De repente, el mundo deja de ser tan agresivo. Las relaciones empiezan a cambiar".
"De repente, el mundo deja de ser tan agresivo. Las relaciones empiezan a cambiar".

Hay una frase que escucho con bastante frecuencia, tanto en conversaciones personales como en entornos profesionales:

“Es que la gente me habla mal.” “Siempre me encuentro con personas desagradables.” “No entiendo por qué todo el mundo me trata así.”

Y cada vez que la escucho, hay algo dentro de mí que se activa. No desde el juicio, sino desde la observación.

Porque cuando algo se repite demasiadas veces en nuestra vida, deja de ser casualidad. Empieza a ser patrón.

Y aquí es donde aparece una de las ideas más incómodas, pero también más liberadoras, que podemos integrar: muchas veces, los demás no nos atacan, nos reflejan.

Vivimos proyectando constantemente. Lo hacemos todos, sin excepción. Proyectamos nuestras inseguridades, nuestras heridas no resueltas, nuestras creencias más profundas, incluso aquello que no queremos ver de nosotros mismos. Y el otro, sin saberlo, se convierte en espejo.

Un espejo que no siempre nos gusta.

Porque, claro, es mucho más fácil pensar que el problema está fuera. Que el mundo es hostil. Que la gente es difícil. Que los demás tienen algo contra nosotros.

Pero, ¿y si no fuera así? ¿Y si cada interacción incómoda fuera, en realidad, una oportunidad para observarnos?

No se trata de justificar comportamientos irrespetuosos. No se trata de aceptar lo inaceptable. Se trata de ir un paso más allá.

De preguntarte: ¿qué me está mostrando esto? ¿Por qué esto me afecta tanto? ¿Qué parte de mí se está activando aquí?

Porque dos personas pueden recibir exactamente el mismo comentario y reaccionar de forma completamente diferente. Una lo olvida en segundos. La otra lo arrastra durante días. La diferencia no está en lo que se dijo. Está en lo que eso toca por dentro.

He visto a muchas personas vivir en una constante sensación de ataque, como si el mundo estuviera en su contra. Y lo más duro no es solo lo que les ocurre, sino la interpretación que hacen de ello.

Porque desde ahí, todo se confirma. Cada gesto, cada palabra, cada silencio, se convierte en una prueba más de que los demás hablan mal.

Y así, sin darse cuenta, entran en un bucle del que es muy difícil salir.

Pero también he visto lo contrario. Personas que han decidido parar, observarse y cuestionar su narrativa interna. Y ahí es donde ocurre algo extraordinario.

De repente, el mundo deja de ser tan agresivo. Las relaciones empiezan a cambiar. Y lo que antes dolía, ahora simplemente se entiende. No porque los demás hayan cambiado, sino porque ellas lo han hecho.

Aceptar que el otro puede ser un espejo no es fácil. Implica responsabilidad. Implica mirar hacia dentro. Implica dejar de señalar fuera.

Pero también es profundamente liberador. Porque, en el momento en que entiendes esto, recuperas el poder. Dejas de depender de cómo te hablen. Dejas de reaccionar en automático. Empiezas a elegir.

Y quizás, solo quizás, descubres que el mundo no te estaba tratando mal. Simplemente te estaba mostrando algo que necesitabas ver.

R

Redacción

Periodista de Menorca al Dia