Govern Diada de les Illes Balears

"Cuando ya no encajamos"

Un artículo de Beatriz Vilas

"Este proceso suele venir acompañado de culpa".
"Este proceso suele venir acompañado de culpa".

Hay un momento en la vida en el que uno se da cuenta de que ya no encaja donde antes lo hacía. No ocurre de repente ni con estridencias. Es algo sutil, casi imperceptible al principio. Un comentario que ya no resuena, un plan que antes apetecía y ahora pesa, una conversación que se queda en la superficie cuando uno necesita profundidad.

No es que los lugares hayan cambiado necesariamente. A veces somos nosotros.

Crecemos, maduramos, atravesamos experiencias que nos transforman. Cambian nuestras prioridades, nuestra manera de mirar el mundo y, con ello, también cambian los espacios en los que nos sentimos cómodos. Lo que antes era hogar empieza a sentirse ajeno, y lo que antes nos definía deja de hacerlo.

Este proceso suele venir acompañado de culpa. La culpa de sentirnos distintos, de no disfrutar lo que “deberíamos” disfrutar, de no encajar en dinámicas que siguen funcionando para otros. Nos preguntamos si somos nosotros los que estamos exagerando, si deberíamos adaptarnos un poco más, si no estaremos complicando la vida innecesariamente.

Pero no siempre se trata de adaptarse. A veces se trata de reconocer que hemos cambiado.

En una sociedad que premia la pertenencia y la estabilidad, aceptar que ya no encajamos resulta incómodo. Parece que moverse de lugar, aunque sea simbólicamente, implique traicionar algo o a alguien. Sin embargo, quedarse donde uno ya no se reconoce tiene un coste silencioso: el desgaste interior.

Muchos llegan buscando algo diferente y descubren, casi sin darse cuenta, que ellos mismos ya no encajan en la vida que dejaron atrás. No porque sea peor, sino porque ya no les pertenece.

No encajar no es un fracaso. Es, muchas veces, una señal de crecimiento. Indica que algo dentro se ha movido, que la mirada se ha ampliado y que ciertas estructuras ya no sostienen lo que somos ahora. Escuchar esa señal requiere valentía, porque obliga a tomar decisiones y a atravesar etapas de incertidumbre.

Y es ahí donde aparece una realidad menos romántica, pero necesaria: cuando ya no encajamos, debemos aprender las reglas del juego para poder sobrevivir.

No se trata de renunciar a lo que somos, sino de entender el contexto en el que nos movemos. De aprender a leer los tiempos, los códigos, los ritmos. De saber cuándo hablar, cuándo callar, cuándo avanzar y cuándo retirarse. No para traicionarnos, sino para no quedarnos al margen sin herramientas.

Con el tiempo, uno entiende que no encajar no significa quedarse fuera del juego, sino aprender a jugarlo de otra manera. Con más criterio, más perspectiva y menos necesidad de aprobación.

Y quizá esa sea una de las grandes lecciones de la madurez: aceptar que los escenarios cambian, que nosotros cambiamos con ellos y que sobrevivir, a veces, consiste en saber moverse con dignidad mientras el nuevo lugar termina de revelarse.

R

Redacción

Periodista de Menorca al Dia