Esta semana se ha desclasificado una parte de los documentos que aún sobreviven al 23 de febrero. De ese caudal de papeles, la prensa ha rescatado, casi con reflejo automático, la figura de Juan Carlos de Borbón como artífice de la desactivación de aquel episodio nacional que, visto desde hoy, oscila entre la tragedia y el esperpento.
Las versiones que reaparecen son, en realidad, las de siempre: la del golpe duro y la del golpe blando, dos pulsos simultáneos que compartían un mismo objetivo y un mismo adversario. El Búnker, nostálgico del franquismo, veía en el rey y en Suárez un perjurio intolerable; en Gutiérrez Mellado, una traición; en Tarancón, un enemigo espiritual. Los militares “demócratas”, por su parte, coincidían en el rechazo a Suárez, aunque por razones distintas. La confluencia entre todos ellos —el rey, el Búnker y los reformistas uniformados— era Adolfo Suárez: un país entero empujando a un solo hombre hacia la salida. Unos reclamaban una autoridad militar; otros, un gobierno de concentración. En ese cruce de intenciones se enredaron Tejero y Armada, aguardando la llegada del célebre “elefante blanco”, anunciado para cuando “florecieran los almendros”.
La nueva lectura que se propone ahora desplaza el foco hacia el CESID, aunque sin aclarar si sus agentes actuaron para precipitar el golpe o para sostenerlo. La absolución de uno de sus miembros no contribuye precisamente a despejar la bruma.
Se insiste, sin embargo, en que no existe duda alguna sobre la actuación de Juan Carlos I. La trayectoria del personaje, vista con distancia, tiene un aire circular: se adelantó a su padre para ocupar un trono franquista, sobrevivió a la caída del régimen y terminó convertido en rey emérito. Nada era cuando empezó y nada es cuando terminó, salvo un título. La historia, a veces, es menos solemne de lo que pretende.
Mi visión de los Borbones en los siglos XIX y XX es poco indulgente. No encuentro en su legado una contribución decisiva al progreso del país, sino más bien una sucesión de desencuentros, crisis y regresiones. Desde Fernando VII hasta la Guerra Civil —que no estalla en un instante, sino que se incuba durante generaciones—, pasando por los Alfonsos y llegando a Juan Carlos I, la monarquía española ha sido más un problema que una solución. El intento de Prim por cambiar de dinastía fracasó, quizá porque el problema no era la familia, sino el propio régimen. La monarquía, en pleno siglo XXI, es un anacronismo que solo algunos países conservan como quien guarda un mueble heredado: por costumbre, no por utilidad. En España, además, se ha convertido en un producto de comunicación, sostenido por campañas y voluntades individuales más que por convicciones colectivas.
En este clima acelerado, el PP ha reaccionado con una campaña que pide el regreso del rey emérito, como si su presencia fuera necesaria para reconocer su papel en el 23-F. Feijóo, en este gesto, parece cada vez más cerca de regresar a Galicia. Hay declaraciones que suenan a sobremesa, a conversación de reservado, más que a reflexión política.
Juan Carlos I vivió del 23-F durante décadas: en lo material, en lo político y también en lo simbólico. Ese capital acumulado le llevó a creerse intocable, dueño de un cortijo que no era suyo. Sabemos qué hizo aquel día, pero ignoramos por qué lo hizo, especialmente cuando militares fieles a él se lanzaron a la calle convencidos de actuar en su nombre. La historia, por ahora, le concede una página limpia en ese episodio, pero no le otorga licencia para la vida que llevó después. El “elefante de Botswana” no redime al “elefante blanco”. Son dos imágenes que se iluminan mutuamente, como si la historia quisiera subrayar su ironía.
Reclamar ahora su regreso es un error político y un gesto anacrónico. Reivindicar su papel en el 23-F es insistir en un relato agotado, exprimido hasta la última gota. Ni los papeles desclasificados ni la lectura que hace la derecha ayudan a fortalecer la institución que dicen defender.
No llegó el “elefante blanco”, pero sí llegó el “elefante de Botswana”. Entre elefantes transita la monarquía española, como si avanzara hacia un cementerio africano, digno de Las minas del rey Salomón, una novela antigua y una película aún más envejecida que la propia monarquía franquista.
En algo, sin embargo, coincido con don Juan Carlos I: en aquella frase que lanzó a Chávez. Ese “¿Por qué no te callas?” resuena hoy, con un eco distinto, en los oídos de Feijóo y de quienes le acompañan. Entonces lo dijo desde la soberbia; hoy suena como un recordatorio involuntario de un tiempo que ya no vuelve.
