Uno de los poemas más hermosos y serenos del gran Luis Cernuda se encuentra en su libro Los placeres prohibidos (1931) y hace referencia al deseo.
«No decía palabras,/ acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,/ porque ignoraba que el deseo es una pregunta/ cuya respuesta no existe,/ una hoja cuya rama no existe,/ un mundo cuyo cielo no existe», empieza el poema.
Prácticamente todos nos hemos preguntado en alguna ocasión por qué nos atrae —en un primer momento en su sentido más físico— una persona desconocida y no otra, una persona que podemos haber visto quizás fugazmente en la calle, en una oficina o en el interior de un autobús y que muy posiblemente no volveremos a ver ya nunca más.
También puede ocurrir que, en cambio, se trate de una persona conocida o incluso próxima, que veamos tal vez cada día, en nuestro trabajo, en nuestro círculo de amistades o en un espacio al que acudimos habitualmente.
Tanto en un caso como en otro, suele ser habitual que, con una cierta asiduidad, nos planteemos determinadas cuestiones: ¿Lo primero o lo único que nos atrae de esa hipotética persona, al menos inicialmente, es sólo su posible belleza física? ¿O puede ser que tal vez también nos atraiga su manera de andar, su forma de vestir, su modo de sonreír, su tono de voz o un peculiar gesto suyo que nos haya llamado la atención? ¿Tienen razón los neurobiólogos cuando dicen que toda posible atracción depende casi sólo de determinadas reacciones químicas de nuestro cerebro?
«La angustia se abre paso entre los huesos,/ remonta por las venas/ hasta abrirse en la piel,/ surtidores de sueño/ hechos carne en interrogación vuelta a las nubes», continúa el excelente poema de Cernuda, quien, además, es uno de mis escritores más admirados y queridos.
Por otra parte, tal vez no esté de más recordar hoy que, más allá de este poema y de otros con idéntica temática en Los placeres prohibidos, el conjunto de la obra poética de Cernuda lleva como epígrafe genérico el de La realidad y el deseo.
Parafraseando ahora ese epígrafe, yo añadiría que es probable que en más de una ocasión nos hayamos preguntado también cómo es posible no sólo desear, sino incluso quizás también llegar a enamorarse platónicamente de una persona en principio casi desconocida, de una persona de quien en realidad no conocemos prácticamente nada, ni de su vida, ni de su carácter, ni de su forma de pensar… ni tampoco de su manera de desear, de acariciar el cuerpo y el alma o de amar.
¿A quién deseamos? ¿A quién amamos? ¿Deseamos o amamos sólo a la persona que intuimos igual, próxima o complementaria a nosotros? ¿O a la persona que consideramos por completo diferente? ¿Deseamos o amamos tal vez mucho más en la distancia y quizás también al vislumbrar posibles impedimentos temporales? ¿Ocurre también así cuando la anhelada consumación de nuestro deseo o de nuestro afecto es imposible o inalcanzable?
Seguramente, ya desde la adolescencia buscamos respuestas a todas esas preguntas, unas respuestas que rara vez solemos llegar a encontrar, aunque también es posible que esa circunstancia no nos afecte tampoco demasiado y que en el fondo quizás sólo queramos llegar a sentirnos deseados o amados en algún momento de nuestras vidas, aunque sea por unos breves instantes, para sentir que ya no estamos completamente solos y perdidos en el mundo.
«Un roce al paso,/ una mirada fugaz entre las sombras,/ bastan para que el cuerpo se abra en dos,/ ávido de recibir en sí mismo/ otro cuerpo que sueñe;/ mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,/ iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo», nos dice también Cernuda en aquel bellísimo poema, para concluir muy hermosa y melancólicamente: «Aunque sólo sea una esperanza/ porque el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe».
