Hay años que comienzan con ruido y otros que lo hacen en silencio. Y este, para muchas personas, ha empezado así: sin fuegos artificiales interiores, sin grandes certezas y con más preguntas que propósitos.
El cambio de calendario suele venir acompañado de una expectativa casi automática: la de sentirnos mejor. Como si el simple hecho de despedir un año y dar la bienvenida a otro llevara consigo una renovación inmediata. Sin embargo, la vida real no responde a rituales colectivos ni a fechas señaladas.
Enero llega, muchas veces, con una presión invisible. Parece que tengamos la obligación de estar motivados, agradecidos, ilusionados. De haber hecho balance, aprendido la lección y estar ya preparados para el siguiente capítulo. Pero no siempre es así. Y reconocerlo no es debilidad, sino honestidad.
Hay personas que empiezan el año cansadas. No por falta de ganas, sino por exceso de todo: de responsabilidades, de exigencias, de silencios acumulados. Personas que llegan a enero con el cuerpo funcionando y el alma pidiendo tregua.
Durante estos primeros días del año se repite una frase con frecuencia: “Pensaba que al empezar el año me sentiría diferente”. Como si el malestar tuviera fecha de caducidad. Como si la tristeza, la incertidumbre o el agotamiento emocional entendieran de campanadas.
Enero, lejos de ser un mes luminoso para todos, suele ser un espejo incómodo. Se apagan las luces, vuelve la rutina y nos encontramos cara a cara con aquello que hemos ido posponiendo. Lo que no se resolvió en diciembre no desaparece por arte de magia en enero.
Vivimos rodeados de mensajes que invitan a empezar fuerte, a marcar objetivos, a diseñar el año perfecto. Pero ¿qué ocurre cuando no tenemos fuerzas para proyectar? Cuando lo único que necesitamos es parar, respirar y no decidir todavía.
Quizá el problema no sea empezar despacio, sino creer que eso está mal. No todos los inicios son expansivos. Algunos comienzos son silenciosos, internos, casi invisibles. Y suelen ser los más necesarios.
Tal vez este año no venga a darnos respuestas, sino espacio. Espacio para escucharnos, para aceptar que no todo está claro, para permitirnos estar donde estamos sin juicio.
Porque no empezar con claridad también es empezar. Y a veces, el verdadero inicio consiste en dejar de exigirnos saberlo todo.
