"Una Semana Santa cualquiera, más de 60 años atrás"

Un artículo de Victoria Florit

Imagen del artículo: "Una Semana Santa cualquiera, más de 60 años atrás"
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Mis orígenes cristianos se remontan al seno de mi familia; una familia de creencias religiosas, pero el verdadero crecimiento en la vida cristiana se lo debo, sobre todo, a la labor de la Acción Católica en Ferreries, que es donde pasé toda mi adolescencia.

Recuerdo el olor a cáscara de limón. Parece que veo a mi madre disponiéndose a hacer los dulces y pastas para Semana Santa. En los días próximos a la Semana de Pasión, todos los actos iban encaminados a prepararnos espiritualmente. El ambiente era propicio para lo que se avecinaba. Los predicadores de las conferencias cuaresmales eran buenos oradores y ponían mucha pasión en sus sermones; de todas maneras, el recuerdo que tengo aparece siempre teñido de temor y nunca del infinito amor que Jesús siente por la humanidad.

El Domingo de Ramos tenía una mezcla entre lo pagano y lo religioso. Todo el mundo estrenaba algo, se ponía sus mejores galas. Ya lo decía el refrán: “Quien no estrena el Domingo de Ramos, no estrena en todo el año”. En la misa, el evangelio de aquel día, llamado “la Passió”, era de larga duración y se escuchaba entero y de pie; se aseguraba que quien aguantaba la lectura sin cansarse no tendría dolor de espalda cuando, en verano, segara el trigo.

El Jueves Santo por la tarde se conmemoraba uno de los pasajes importantes en la vida de Jesús: el Hijo de Dios lava los pies a sus discípulos y con ello nos da una muestra de humildad y amor sin límites. Parece decirnos que todos somos iguales y nadie es más que el otro; que solo nos diferencia la generosidad y el amor.

La gente que había pasado la noche del Jueves Santo velando al Santísimo marchaba a casa para volver más tarde y acompañar a Jesús en su camino al sepulcro. La plaza presentaba un aspecto triste. El viento silbaba de una manera especial; viento que solía parar por la noche para no apagar los velones de la Procesión del Santo Entierro.


DÍA DE RAMOS

—A ver a qué hora vienes, que tenemos que ir a la procesión —dijo su esposa cuando Julián se calzaba las botas de campo sentado al pie de la cama. —No te preocupes, mujer, que solo voy a dar de comer a los animales —dijo con su ya temblorosa voz mientras besaba la mejilla surcada de arrugas de la mujer.

Es Domingo de Ramos y ese día, como todos los años, Julián y su esposa asistirán a la procesión de la bendición de las palmas. Los niños de la catequesis, risueños y traviesos, recorrerán las calles con ramas de olivo o palmas en las manos, abanicando el viento. Todo el pueblo, jubiloso, aclamará a Jesús como a un rey entre cantos y loores. Muchos lo reconocían y lo volverán a hacer con fe y esperanza cantando: ¡Hosanna! ¡Hosanna!

Julián, detrás de su rudo aspecto de anciano agricultor agrietado, se conmueve con los cánticos de los niños y sus ojos se llenan de lágrimas contenidas: «¿Seremos como las hojas de palma, que se doblan según les da el viento, que nos dejamos llevar, que olvidamos pronto nuestros compromisos?», piensa Julián mientras pellizca la cara a Pablito, que va en la procesión con sus amigos.

Pablito es el hijo de su vecino Pablo. Tiene no más de ocho años y le apetece mucho ser “caraputxo”; el problema es que no sabe por cuál decantarse, pues le gustan todos. En la catequesis le han explicado que el Jesús que había sufrido la Pasión y que morirá en la Cruz para salvarnos a todos de nuestros pecados es aquel Niño que nació en Belén y que, durante su vida anterior, había estado ayudando en el trabajo a su padre, que era carpintero.

Él se acuerda muy bien de haber visto en los dioramas de los pesebristas uno en el que Jesús, en su infancia, ayudaba a su padre a cortar madera con una sierra. Pablito veía en él a su amigo fiel, a alguien cercano. Dios era un niño, como él. Su amigo Jesús le confortaba cuando estaba triste o cuando tenía miedo y, por eso, todos los años se situaba delante, junto al estandarte guía, para ver su salida.

De repente, se produce una agitación general; las pocas colillas que brillaban al consumirse caen al suelo; reina la expectación y el silencio. Allí, al lado de las puertas quejumbrosas del templo, espera impaciente “la Eugenia”. Todos en el pueblo conocen a la Eugenia. A sus ochenta y pico años seguía yendo cada Domingo de Ramos a la puerta de la iglesia para ver salir al Cirineo ayudando a Jesús a llevar la cruz. Tras el cancel, empieza el vacilante caminar de Jesús con la cruz a cuestas.

La Eugenia se pespuntea la frente al santiguarse con su mano seca y tortuosa —como raíz de higuera por la artritis—. Jesús sale con la mirada baja, con una soga al cuello y agarrando un pesado madero. Lentamente, con la rodilla flexionada e inclinado hacia delante por el peso, va girando el Nazareno, alejándose entre lirios y claveles.

«¿De qué te acusan, Nazareno? ¿Cuál es tu pecado?». Pero sus labios sellados solo aciertan a decir: “Amaos unos a otros como yo os he amado”. La Eugenia llora porque piensa que, hasta en eso, le hemos fallado.

La imagen de Cristo, resignado en su silencio, sumido en la turbación y el miedo, vigila y reza. La amargura de sentir de cerca que llega el final le hace sudar dolorosas gotas de sangre. Sus amigos se han dormido. Ahora está solo. Solo los olivos centenarios de Getsemaní son testigos.

¿Por qué te abandonan, Nazareno? ¿Dónde están los que te aclamaban con ramos y palmas? ¿Por qué te han abandonado, Nazareno?

En el sufrimiento —blancos, morados, verdes, negros, rojos, azules y el pueblo— acompañamos con oración a Jesús en su tormento y reflexionamos: la agonía de Jesús sigue hoy en nuestros hermanos enfermos, en los que están solos, marginados, explotados o abandonados; en los hospitales y en los geriátricos.

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Redacción

Periodista de Menorca al Dia